Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EN ESTOS días de gozo y esperanza para doña Letizia Ortiz, no puedo sino acordarme de Leticia Mor, a quien conocí siendo yo un niño y ella una mujer de bien, en Laciana. Había ido yo con mis padres a pasar unos días en el suroeste de Asturias, en una aldea rodeada de robles y abedules, hasta que una mañana terminó aquel paraíso y nos subimos en un autocar oscuro, ruidoso y lento que nos trajo hasta Villablino. Recuerdo muy vagamente un restaurante nuevo, que me pareció enorme, aunque debía ser de dimensiones modestas. El local estaba casi lleno y todavía retengo el trajín de los camareros, y un rumor de mesas y sillas, de platos y cubiertos. Fue entonces cuando apareció Leticia Mor, que era muy lejana pariente de mi madre, y a quien saludó con mucho afecto. Hablaron un rato las dos y poco después aquella mujer joven y amable nos sirvió el postre. Unos meses más tarde, Leticia Mor empezó a trabajar en nuestra casa de Ponferrada. De criada interna. Y no entiendo ahora -en aquel tiempo yo era un niños_ que prefiriese un empleo de camarera a otro de chacha en una casa donde vivían por aquel tiempo tres niños, mis abuelos maternos, mis padres y mi tío José, misterioso personaje de mi infancia, mi padrino, al que hoy recuerdo especialmente en estos días de Difuntos porque murió en Valencia hace tres años tan lejos de su tierra, aunque muy cerca de su mundo pequeño, cauto y bondadoso. Leticia Mor duró poco en el empleo pues tal vez había venido a Ponferrada para estar cerca de algún novio, y utilizó para ello nuestra casa como cabeza de puente. Mi madre decía que trabajaba muy bien, y yo recuerdo que me dijo varias veces, como si se olvidara de que me lo decía, que ella había sido la camarera que nos sirvió los postres en Villablino. Poco tiempo después Leticia Mor se casó. En Ponferrada. Mis padres fueron a la boda y a mí me hubiera gustado mucho ir, porque nunca había estado en ninguna, y yo creía que en esas fiestas -que desde hace muchos años aborrezco- la gente era feliz, y que en ellas se sucedían cosas de mucho prodigio. Maravillas que sólo pasaban en las bodas. El marido de Leticia Mor era electricista. Pronto tuvo una oferta para trabajar en Cataluña, y allí se fue la pareja. Poco tiempo después el marido murió, pero ella no tardó en casarse de nuevo. No volví a saber nunca más de Leticia Mor aunque la imagino estos días llorando de emoción al ver por el televisor, una y otra vez, la pedida de su tocaya.

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