Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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LA BODA del año, la boda del siglo, la boda de todos los tiempos, sublimes y mediocres, históricos y ahistóricos. Hay tiempos que parecen no formar parte de la historia. La boda del Príncipe que desciende del cielo a la tierra y la princesita que asciende a los cielos en un movimiento ascético. La levitación como medio de transporte. Es como si nos estuvieran contando un novelín rosa. Hay cuentos o sueños que sí parecen tener un final feliz y perdiz. No hace falta ir a Hollywood para que tus sueños se hagan realidad. La boda como ceremonia apantalladora y espejo en el que se miran los «novios» cual si estuvieran a punto de recibir el espíritu santo en forma de tarta consagrada. Los invitados parecen divertirse canturreando las tonadas y «tontadas» de turno y lanzan eso de ¡viva los novios! ¡qué se besen! y cositas por el estilo. Cuentan que las bodas y tornabodas de antaño, en el Bierzo, eran extraordinarias. Ahora se han convertido en espejos deformados en los que se miran los invitados, casados y descasados, como queriendo hacerle muecas grotescas y cortes de mangas a la realidad. A mí que no me pillen en otra como ésta, parecen estar susurrando algunos. Mira cómo va fulanita, qué vestidito más provocador, y el novio, con lo serio y tranquilo que parecía, si que está ojeroso, como si hubiera pasado toda la noche de farra, pues la novia por el contrario tiene un aspecto espléndido, y una carita divina, divina de la muerte, querrás decir, sí, más o menos, no me digas que no va como un pincel, está guapísima, parece toda una virgen, anda no me seas cursi, que la novia tiene menos de virgen que yo de monja de clausura. Boda-esperpento propio de Luces de Bohemia , luces de la ciudad, luces encarnadas de solemnidad y buenos modales bajo los cuales se agazapa cual raposa la perversión. Qué podría ocurrir, si por encantamiento, los invitados se quedaran atrapados en la iglesia o el comedor. Como les sucede a los personajes de El ángel exterminador de Buñuel. Los invitados, emperifollados y burguesitos, acabarían arrojándose los trastos a la cabeza y se comerían unos a otros. La boda como ritual que nos invita a entrar en el salón de las hipocresías. La boda como algo en lo que uno dejó de creer hace tiempo. El tiempo es como ese sabio consejero que nos va quitando las legañas de los ojos y el cerumen de los oídos. El tiempo, que no pasa en balde, nos va metiendo en cintura y nos obliga a repensar el mundo en el que vivimos. La boda como movidón en el que uno se siente fuera de juego, incluso como novio.

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