Tierra independiente
LAS VASCONGADAS castellanísimas, tan españolas ellas, apostólicas y católicas hasta rayar en el fanatismo sangriento de las barrabasadas han decidido, desde hace tiempo, que quieren ser independientes. Y no pararán hasta conseguirlo. Hubo un tiempo en que también el Bierzo soñó con ser República Independiente. Pero los sueños no siempre se convierten en realidad. El jesuita Arzalluz, que no tiene un pelo de tonto, y el «gremlin» Ibarrettxe, quieren a todo trapo que su patria sea solo suya. Y nada más que suya, porque la raza vascongada está hecha con la carne y la sangre de otra tierra, tal vez más productiva. No queremos que los españoles invasores acaben con nuestra riqueza e identidad, parecen gritar desesperados. Arzalluz e Ibarretxe, en nombre de los muchos «jarrais» y «euskalherrios» que pueblan el País Vascongado, no se sienten españoles. No quieren, de ningún modo y bajo ningún concepto, soportar el peso ontológico, histórico de una España que muchos otros reconocemos como tal, con sus defectos y virtudes. Quede claro que uno no es patriotero, ni chovinista, sino que uno siente su país, nomás, incluso sentimos que el llamado País Vasco es tan español como el resto de los países, pueblos y ciudades que algunos seguimos identificando como España. Si los vascos no quieren ser españoles, que no lo sean. No se puede obligar a alguien a ser lo que no quiere ser. Si los vascos prefieren ser independientes, adelante con la independencia. Dicho de este modo, tan a la ligera, esto puede resultar chocante. Mas si analizamos la realidad, lo que en un principio podría parecernos irracional, fuera de contexto, en modo alguno lo es. Moro por fuerza nunca buen cristiano, se decía antaño. O algo por el estilo. España, como país, no puede ni debe obligar a los vascos a que sean españoles por cojones. Pues éstos han decidido, en algún momento de la historia, que ellos son vascos y sólo vascos. Seres puros, primarios, edénicos casi. Luego no están por la labor de seguir mezclados con los españoles, esa raza aparte, esos enemigos. Algo así les cuentan, desde las «ikastolas», algunos profes y «andereinos» a sus pupilos y cachorrines. Nosotros, los vascos, somos seres diferentes, incluso tenemos un código genético que nos hace únicos en el universo conocido. Más allá de nuestras fronteras, el mundo es una mierda. Nuestra lengua es universal y hermosa como las flores marchitas que crecen a orillas de los cementerios y los pantanos en los que se ahogan los desamparados.