LA FRAGUA DE FURIL
Prostitución
EL TÉRMINO prostitución no sólo hace referencia a las prostitutas, sino a la alcahuetería andante y a los trepas que pueblan nuestro universo infame y despiadado, a aquellos que se venden, en definitiva, por dinero. En una sociedad hipermaterialista como la nuestra casi todo cristo acaba vendiéndose o prostituyéndose por dinero. «Tú no eres más que un esclavo prostituido al servicio de un sistema jodedoramente capitalista», se me ocurrió decirle a un tipejo de cuyo nombre no me apetece acordarme. Un hijoputa, por lo demás, que se creía el rey del Mambo en un reino de hadas madrinas y brujonas horteras. El tipo en cuestión, aunque ejerciera de jefecillo, trabajaba como un puto y cabrón más en nombre de una archiconocida factoría o multinacional. El dinero es el dios perverso en el que tantos creen y por el que tantos queman su vida. Una sociedad basada en el dinero es una sociedad basura, putañera, porque el dinero no es más que mierda, con la que uno, llegado el caso, podría limpiarse el culo. O utilizar un billete de 50 euros, por ejemplo, para darle candela en público, como hiciera Serge Gainsbourg en un programa de la Televisión Francesa. En esta sociedad putanesca e hipócrita quien más quien menos vende su alma al diablo, o al mejor postor, si en ello le van sus intereses, casi siempre dinerarios, o se deja «calzar» y aun «encular» por donde le digan los nobles inquisidores de la razón capitalista, obedeciendo las órdenes sin rechistar. No hay más que fijarse en algunos políticos y aun otros especímenes bercianos, cuyas vidas, obras y milagros forman parte y partida de este cambalache putero. Nos cuentan que la prostitución es una de las potentes industrias mundiales, acaso la cuarta, como si no nos hubiéramos dado cuenta hace siglos -siglos en los que estuvimos en el útero aletargado de los sueños- que ésta mueve montañas, separa mares y nos convierte a todos en seres vulnerables. Trabajar como prostituta, siempre que se haga con dignidad, amparándose en los derechos propios del trabajador, seguridad social incluida, no debería ser peor que trabajar en un chiringuito, en el que a algunos, además de pagarles cinco céntimos, les dan por todos los lados de su «intraánima». La comarca del Bierzo, como escaparate en el que nos miramos, es también un lugar en que se abusa del meretricio. Un negocio que alimenta a mafiosos capaces de darle la vuelta la cacerola berciana.