LA FRAGUA DE FURIL
Taruguines y tuercebotas
EL FÚTBOL se ha convertido en un espectáculo circense, con el respeto que nos merece el circo, en el que los orangutanes-espectadores parecen divertirse arrojándo a los jugadores toda suerte de objetos, con el peligro que conlleva. Peligro, que sufren los hombres de la cancha. Hay demasiado animalín, con aparente jeta humana, que se desfoga viendo como se la juegan en el campo los hombres del balompié, que así es como se le decía antaño al «fumbol» o el «furgol». Ni que decir tiene que también hay mucho taruguín y tuercebotas entre los «furgolistas» o «funambulistas». Hace unos días ocurrió algo realmente desagradable en el Bierzo a resultas del partido entre el equipo del Noceda y el de Dehesas. Y es que a un jugador del Noceda, Ricardo Casado, le atizaron una somanta de hostias que lo dejaron para el arrastre, o sea, que le pusieron un ojo hecho un cromo. Pobre rapaz, cómo se le puede arrear a alguien tal paliza por un puto partido de fútbol. Qué fanatismo. Cuánto imbécil anda suelto en este redil de ovejas que balan su animalidad como si quisieran contarnos la Biblia en versículos satánicos. La violencia es el pan nuestro de cada día, bien lo sabemos, pues una buena parte del personal, vacío de espiritualidad como deambula, sólo le encuentra sentido a esta infame y perra vida ensañándose con el primero que se topa. Vivimos rodeados de masa-masa, cuya agresividad nos acaba salpicando a todos de mierda. El fútbol en sí mismo es un juego apasionante, que a uno, desde su más tierna infancia, le entusiasmaba, suponemos que como a cualquier niño, sobre todo como a aquellos niños que crecimos en la era o el prado dando patadas y taconazos de galocha a los botes y simulacros de pelota. Entonces el fútbol era un deporte divertido, un juego con el que pasábamos muchos buenos ratos. No teníamos espectadores que nos estuvieran abucheando ni chingando con sus majaderías, porque allí participaba todo cristo. La actividad era frenética. Y a nadie se le ocurría quedarse parado, contemplando a los demás. Cuando no íbamos a la era, las Eras de Llamillas, jugábamos en la acera de Queipes, que era como nuestro campo de futbito. En aquella acera -nosotros decíamos cera- jugábamos hasta veinte rapaces, revueltos como hormigas en un espacio que hoy nos parece minúsculo. Aquella acera sirve hoy de terraza maravillosa, en la que uno, llegado el buen tiempo, se puede quedar largos ratos contemplando el discurrir del tiempo y las horas muertas de las tardes veraniegas.