LA FRAGUA DE FURIL
Teatro La Zaranda
LA COMPAÑÍA La Zaranda, Teatro Inestable de Andalucía la Baja, nos deleitó el pasado viernes en el Bergidum. Era la primera vez que veía a esta «troupe» y me quedé impresionado. Me habían recomendado que viera alguno de sus espectáculos y así lo hice. «Te gustará». Como si la profecía se cumpliera a sí misma, salí del teatro como con ganas de volver a ver la obra. Este es el teatro que a uno le gusta, acaso por ser verdadero teatro. Y lo demás son pamplinas, como decía el personaje principal. Lo demás son sainetes, más o menos perfilados. La puesta en escena de esta obra, poética e hipnotizadora, me hizo recordar las mágicas y sugerentes puestas en escena de Fellini, y las pelis de Kusturica, que en el fondo es un discípulo aventajado del cine del director de Amarcord. La Zaranda es una compañía con una larga y exitosa trayectoria, incluso con gran proyección internacional. Ha representado en festivales internacionales de teatro como los de Buenos Aires, Nueva York o Sitges. Por citar sólo algunos. Luego es un privilegio que hayan venido a Ponferrada. ¡Qué haríamos los bercianos sin el Bergidum! Hacía tiempo que no veía en el Bierzo una obra tan impactante, sobrecogedora por momentos, momentos desgarradores, como si de repente a uno le diera un vuelco el corazón. Como si uno estuviera dando vueltas en el tiovivo, que es la escenografía central del espectáculo. Ese carrusel que logra introducirnos en el mundo de los sueños y la infancia, y aun en el mundo de las pesadillas. Oímos una voz enferma, como de ultratumba, que nos habla de su soledad. Una voz-rostro encajonado, metido en un ataúd. Siendo un niñín, soñaba a menudo que me enrollaba en una espiral sin fin, y giraba sin parar. Un sueño que se repetía una y otra vez. También sentía una gran pasión por los «caballitos», esto es el tiovivo, al que mi padre me llevaba cada año llegadas las fiestas del Cristo de Bembibre. La puesta en escena de esta obra también nos hace pensar en Tadeusz Kantor, para quien el teatro era una verdadera barraca de feria, teatro de la emoción, de la realidad degradada, de la muerte, donde los personajes tratan de reconstruir, con su memoria difuminada, aquello que fue su vida, su felicidad o su miseria. Sólo les quedan palabras inútiles, letanías sin esperanza. «Vamos pa'lante. Siempre pa'lante, y cuando lleguemos adelante, pues más pa'lante», algo así dice otro personaje, peculiar por sus carcajadas de bufón. Una risa que sabe a final sombrío.