LA GAVETA
El punto
LEÍ EN el periódico una entrevista con un anciano del Bierzo. Con un hombre centenario y melancólico que había trabajado en Buenos Aires hace muchos años, antes de la guerra civil, pero que renunció a la gran ciudad del Plata, a sus glorias y sus pompas, a sus barcos y cafés, para regresar a la pequeña aldea natal, en el bucólico municipio de Sobrado. ¿Por qué ese retorno? Supongo que obedecería a muchas razones: proyectos no cumplidos; decepciones diversas; soledades y tedios; esfuerzos que no compensan... Pero el motivo más determinante acaso fuera otro, misterioso y sencillo a la vez: querer vivir en la tierra de uno, esa pretensión sentimental y noble. El hombre del que hablo prefirió la vida modesta de la aldea al esplendor trabajoso de la gran ciudad argentina. Un brillo de coches y casas, de parques y canciones que no echó de menos en las tierras del Selmo, donde tan pocas cosas tenía este hombre. Pocas, pero que eran las que él quería. Las que le bastaban. Beatus ille. Este campesino luego se hizo mayor, ya lo tengo dicho. Muy mayor y no podía estar solo. Tampoco tenía donde ir, o no era cosa de molestar a la familia. Y se instaló en una residencia de ancianos del Bierzo bajo. Allí vive, allí piensa en sus cosas, allí contempla el atardecer rojo sobre el rojo de las barrancas de Santalla. Y aunque está muy cerca de su pueblo, apenas a trece kilómetros, este hombre lo echa de menos. Porque no es lo mismo. El reportaje seguía, y ya pronto la periodista le preguntaba al anciano por su vida en España y en América; por tantas cosas que tendría que contar. Uno, claro, se imaginaba ahí una contestación al uso, teñida de datos remotos: de la infancia, del primer viaje en barco hasta el Río de la Plata; del recuerdo borroso de algún paisano con el que tuvo amistad en la tierra austral... Pero no. El anciano dijo que no tenía nada que contar. Y no porque no se acordara, sino porque sentía que no tenía ningún interés hacerlo. Al menos, no tenía ningún interés para él, que era quien mandaba. «Estoy aquí, y punto», añadió. Estoy aquí. Y acaso no soy feliz, pero estoy vivo. El anciano está vivo y la vida pasa. La vida, que tal vez valga menos de lo que creíamos, observada desde la atalaya de los cien años cumplidos. La vida, que es una sucesión de alegrías y dolores que acaba cansando. La conversación terminó, y al otro lado del texto quedaba el tiempo del anciano: la aldea, la lluvia, los campos, el sol, el ganado... Y Buenos Aires tan lejos. Y nada que contar. Y punto.