Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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CON LA televisión como escaparate en el cual mirarse y el internet como palangana en la que fregarse el morro, los rapaces andan cada día más apijotados. Y no atinan ni en la lectura ni en la escritura. Luego piden juguetes con los que entretener sus angustias, su vacío consumista, pero están más perdidos que una raposa en medio del asfalto, el hacinamiento y la contaminación. Los guajes, en los exámenes, acostumbran a dar respuestas harto esperpénticas. Y no se cortan ni un pelo. Así son estos abusados internautas hechos de estrechez y despotismo, tal vez porque en su vida han dado un palo al agua. Resulta gracioso leer algunas majaderías. El mundo está lleno de majaderos que encima se creen Napoleón Bonaparte. Lo mejor en estos y otros casos es reírse a mandíbula batiente, como un cristo buñuelesco, de la analfaburrez habida bajo la capa de las estrellas, esas estrellas que lucen firmes y poderosas en noches en las que a uno le apetecería aullar de puro placer. A los pibes de ahora les sale la «vurrez», así con uve de extraterrestre, por las entretelas de la inopia, atolondrados como están, al menos algunos, demasiados, diría yo. No sólo no leen un carajo, sino que además se pasan el puto día enganchados al «internés» o tragando basuramen en la teletonta, que en verdad es tontísima, desde que salen esas niñas fresa, o sea no, ¡o sea! y algunos capullos. La cretinos del Hermanísimo, de las Crónicas y tantos programillas del corte y recorte, predicadores y descerebrados, nos hablan en un laísmo lamentable y conjugan verbos como si fueran seres desdoblados. A poco que te fijes en ellos, ya les está saliendo la vena «esera», la sesera rebozada en cojón de mico. Como son muy remilgados, ellos y ellas, dicen cosas como: vinistes, fuistes y así, en este plan verboso, baboso y burresco. Ya nadie lee y por supuesto no se escribe ni una triste carta, como las de antaño, aquellas cartas escritas de puño y letra y con el sentimiento por delante, aquellas emocionantes cartas que enviábamos a las Américas o a la Europa desarrollada, cuando nosotros, los españolitos, éramos emigrantes. Hemos perdido la cabeza. Estamos afectados de Alzheimer. La memoria, la memoria histórica, se ve a la legua que no es nuestro fuerte. No nos extraña, pues, que los escolarines y aun otros adolescentes poco o nada instruidos, desestructurados, cometan faltas y más faltas y contesten lo primero que se les viene a la cacholona, cuya masa gris se vuelve nata negra en el ruido hiriente y pérfido de las noches de los zombies. Muertos en vida, qué pesadilla, no nos queda más que arrojarnos al limbo de los sueños.

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