Diario de León
Publicado por
JORGE VILLA
León

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LA OTRA NOCHE, nochevieja, me encontré con un amigo al que hacía siglos que no veía. Tras los efusivos abrazos de rigor y degustar unos exquisitos rones al limón con el resto de las amistades que por ahí celebrabamos, no sé ni como ni porqué acabamos los dos tirados en el suelo de un poético cuchitril en el que sonaba a tutiplén El Cigala y Bebo Valdés y narrándonos cuitas mil que, como siempre que la ingestión contiene sustancias etílicas, sugerían lágrimas negras de dolor y desamor. A veces no somos conscientes de lo que nos afecta determinada situación hasta que no se la relatamos a alguien en las mismas circunstancias. No se si eso es bueno o malo, pero así es y ya esta. De repente, un buen día nos viene la lucidez y nos damos cuenta de que hemos estado obrando como auténticos gilipollas en determinado asunto o trasunto y deseamos que se nos trague la tierra. Otras veces, como me relató mi colega quien no acabó ni el bachiller pero cuya sabiduría lo convierte en una especie de Sócrates el Siglo XXI, nos basta con saber cómo no debemos actuar para que una fuerza sobrenatural, una energía divina desconocida e inevitable, nos obligue a comportarnos de esa fatídica manera. «Todos la cagamos conscientemente alguna vez en la vida, a quien le pasa en multitud e infinidad de temas y aprende a sobrellevarlo se mete en política, a quien sólo le pasa en temas amorosos es un individuo normal como tú y como yo», me explicó. Al momento le negué la mayor y le espeté que a quien le acaecía en materia amorosa era tan imbécil o más que el resto aún asumiendo mis secretos y vergonzantes errores, que podrían llenar volúmenes y volúmenes de códices. Y fue justo en ese momento cuando ambos a la vez recordamos que no habíamos llamado ni mensajeado para felicitar la noche vieja a esas mujeres que pasan de nosotros pero que nos tienen entregados, a esas que debemos dar un tiempo y no agobiar más o, por lo menos, no tan a menudo porque si no, nos van a enviar a ese lugar que por educación no mencionaré. Y así, como el Séptimo de Caballería sabedor de que va a morir ante los indios, porque les triplican en número, pero con las botas puestas, ambos fuimos incapaces de resistirnos y evitarlo. Estrenamos nuestra gilipollez o imbecilidad en el 2004 y enviamos sendos mensajes. «Por cierto ¿Adónde ha ido tu error, cagada o como lo llames?», me dijo el colega. «Al Bierzo», respondí. "¡Anda, igual que la mía!», me contestó.

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