En Bembibre como en Rumanía
HACE unos días, callejeando por la villa del Benevivere, oí una conversación harto simpática, aunque en el fondo estuviera impregnada de esa palabrería propia de quien se maneja en los lugares comunes, los tópicos consabidos, los caminos trillados. Como iba caminando, a mi ritmo, tampoco era cuestión de detenerme a escuchar, con atención, lo que largaban los dos individuos de turno, ya entrados en años, o sea, perros viejos. Podría haberme hecho el loqueras y de este modo meter las narices mejor en el meollo de la conversación, incluso en el desarrollo de la misma, que hubiera sido todo un cachondeo. Me aventuro, no obstante, a saltar a la plaza de la charla, que versaba acerca de ese país llamado Rumanía, y que no parece gozar de buena reputación entre los bercianos, a tenor de lo oído y aun escuchado en los últimos tiempos. Que si los rumanos que hay en el Bierzo son unos gitanos y unos rateros, que te entran en casa y te desvalijan a poco que te descuides, que si las rumanas son unas brujas pirujas que te llevan al huerto en menos que un gallo peleón se calza a todo un gallinero, que ya sabemos que se dice de las gallinas. Pobrecitos animales. Y así, en este plan criticón, no falto de ciertas dosis de repugnancia hacia todo aquello que huele a extranjero, a forastero desconocido. El asunto es despellejar a cristo y a su madre. A estas alturas de la lectura, a buen seguro estaréis pensando que era lo que decían los personajes de este cuento, que algún día me contaran en una calle de Bembibre. Pues bien, no nos demoremos más, y vayamos al diálogo.-Sabías que acabo de llegar de Rumanía. -Y te trajiste alguna. -Sí, me traje a una, pero la dejé en Madrid. -Bueno... -En Rumanía, con 12 euros en el bolsillo eres un General. Esto es lo que llegué a escuchar de tan sabrosa conversación, o al menos eso recuerdo. No hace falta ser avispado para darse cuenta que la imagen que se da de Rumanía en esta parrafada no es buena. Se habla de un país en el que uno pudiera hacer con las mujeres lo que le viniese en gana, te traes a una y luego la dejas aparcada. Por otra parte, se habla de un país baratísimo, en el que uno, por el hecho de ser europeo del oeste, pudiera permitirse lujos propios de un General, cuando los generales ya no deberían pintar nada especial en este entorno nuestro -vaya cosas digo-. Da la impresión de que acabara de caerme del guindo. Después de escuchar una conversación así, uno ya no sabe si merece la pena ir a Transilvania o quedarse en casa.