Doña Florentina
HACE AHORA veinte años que murió doña Florentina, que había nacido en 1896 en una aldea del sur de Asturias, y que quedó huérfana en la adolescencia, y primogénita de muchos hermanos, y esto parece un cuento de Dickens, pero fue verdad: un cuento que a doña Florentina le gustaba contar, porque ella siempre amó la tristeza, ese juguete grande y dulce que le regaló la vida. Juguete raro de mirar el mundo a través de un celofán de color violeta. Un día de 1917 apareció en la aldea un jinete desconocido. Era un funcionario, llevaba sombrero, parecía y era un hombre fino. Dos años después este hombre sería el esposo de doña Florentina y trabajaba como secretario del juzgado de aquella demarcación de nieblas, montes y ríos que preside el sacramental bosque de Muniellos. Con aquel señor tan serio y republicano vivió doña Florentina en muchas villas del Principado de Asturias: Pola de Laviana, tierra minera y revolucionaria; Cudillero, con sus pescadores en el mar y sus palacetes en el llano; Infiesto, donde mandaban las monjas y los rentistas, y de nuevo San Antolín de Ibias (donde se habían casado), principio y final de una trayectoria de expedientes que mi abuelo más bien aborrecía, penúltimo tramo de una vida conyugal de mérito y mesura, de serranas delicadezas, de hijos que vinieron, y de mucha fey administración. Hacia 1960 doña Florentina y su esposo jubilado abandonaron el valle originario, vendieron la casa venerable y se instalaron en Ponferrada en el piso de su hija menor, donde también vivían tres nietos, su yerno y un hermano de éste, que era un señor muy callado, soltero y temeroso. Pocos años después doña Florentina y su marido volvieron a vivir solos, como si fueran unos novios viejos, en una casa de avenida de Valdés. Era un hogar muy cálido y casi vacío, lo que daba mucha libertad, y tenía un cuarto lleno de manzanas de una pequeña huerta que mi abuelo compró en Fuentesnuevas. Pero más allá de las manzanas y las palabras, los muebles y los periódicos, también iban pasando las horas, con su recado de ceniza; las horas que terminaron por llevarse al pulcro señor del sombrero. A partir de entonces aquella anciana de piel finísima volvió a vivir con sus hijos y fue más que nunca un vergel de la memoria, una enciclopedia de virtudes y gentes, de levedad y sosiego, de amor a los pobres y de una resignación que casi resultaba divertida. Así fueron las cosas de doña Florentina Gavela Gavela, mi abuela materna, con quien tanto hablé siendo niño, y creo que de todo me acuerdo.