Diario de León
Publicado por
JOSÉ ÁLVAREZ DE PAZ
León

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ESA CALIMA ardiente y espesa que vino a despedirle desde Africa, donde discurrió parte de su vida, hasta la sierra de Madrid, este vacío tercamente adherido a la silla baja, me impiden escribir o pensar en cualquier otra cosa. Solo quien haya perdido a su padre siendo niño, puede comprender lo que puede significar esa figura que, aún en la distancia, te aporta ese plus de seguridad que la infancia necesita. Mi padrino Pepe, era el hombre más elegante que yo he conocído. Dice mi amigo Antonio, arquitecto-soldado que le conoció en la Escuela Superior del ejército, que era el más elegante. Un gran hombre, militar civil a quien nunca vi de uniforme, era elegante por dentro, con ese ritmo, esa clase, ese swing incompatible con una palabra más alta que otra, una pérdida de los papeles, una falta de respeto, una salida de tono. Creo que su elegancia nacía de su sentido de la justicia: «no se puede juzgar a nadie sin conocerle», repetía, siendo siempre consecuente con esa su teoría. Se trataba de una persona optimista vital, se estaba muriendo y me decía: si miro a mi alrededor solo veo motivos para estar contento; se levantaba para ver amanecer desde la terraza de «La Casina» y para oir cantar los mirlos que le recordaban los mirlos de el Morán, de Llamillas, de Praoleche. Los mirlos de Noceda. No obstante, lo único que no entendía él, tan leído y viajado, tan informado y despierto, es que empezaran a fallarle los huesos a pesar de tanta leche como había tomado de niño, con tantas caídas de caballo o de los árboles, sin ninguna secuela. Ciudadano del mundo y de un lugar concreto, urbano y convivencial, conversador extrovertido y respetuoso siempre con la intimidad o el silencio de los demás, capaz de disfrutar y agradecer cualquier pequeño detalle como si fuera algo grande. Estimado lector de esta columna, conocedor profundo de las raíces leonesas, me hacía observaciones, siempre pertinentes, cuando yo no había profundizado bastante, o no había encontrado la expresión o la palabra adecuada. Cuando muere un ser así, sea anónimo o relevante, soldado raso o general, debe quedar constancia escrita, desde la indigencia de quien sabe que un papel dura más que uno mismo. Esas personas dejan un vacío muy difícil de llenar. Parece que fue ayer cuando, en una fiesta inolvidable, le regalamos el bastón de mando, que nunca utilizó.

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