CUATRO GATOS
La tormenta más larga
NUNCA había visto una tormenta como la del otro día. El miedo se transformó en expectación a luz , bombardeo y fuerza de relámpagos. No se acababa nunca, como los fuegos artificiales: cuando crees que ya ha sido suficiente dentro de unas expectativas razonables, se te regala una tanda de más. O dos. O tres. Me refiero a la noche del lunes, no al chaparrón que malogró el espectáculo de Les Luthiers, tras lo que una edila bienintencionada anunció que se había empapelado cuidadosamente todo el equipo eléctrico con unos plásticos para salvar a Bisbal. Plastifiquemos pues algunas piezas del equipo gobernante con papel de arroz. O algún diccionario con papel de regalo. Tal vez deberíamos llevar a encuadernar las buenas ideas y construir enciclopedias... una biblioteca de buenos proyectos; proyectos frustrados, colgados, eludidos, maltratados, desvalidos u olvidados, hablados y escritos, esbozados o conclusos. Proyectos concebidos en una ciudad como esta, en la que siempre algo se cuece, de la que muchos se quieren ir para no ver como mueren sus ideas llevándose con ellas a las ganas. En la que muchos otros quieren quedarse porque aquí siempre algo se cuece. Hablo de artistas. Escritores, poetas, músicos, pintores, dramaturgos, actores. Creadores en general. Hablo de gente que quiere hacer, emprender, realizar. Pero no hay sitio para todos, o interfieren egos, pasividad o indecisión y el aire está entonces lleno de castillos que se derrumban en las cabezas de quienes creyeron en ellos. Así que la ilusoria biblioteca sería por lo menos un paliativo. Hablo de talentos que se pierden, o hacen un alto, por los recovecos del replanteamiento y que viven en esta ciudad. ¿De quien es la culpa?, nunca es de nadie. Siempre hay muchos asuntos que tratar y el arte parece que se cuida por sí mismo; es el hijo independiente de la necesidad, por lo que siempre será relativa su posición dentro de lo falso, discutible su aleación con lo correcto y cuestionable su aportación a las fiestas que terminan. No quiero aludir a nadie en particular, sólo hacer una mención en honor de los que sueñan más y mejor. Yo nunca había visto una tormenta como la del otro día. Era fácil evocar la imagen de toda la ciudad en sus camas, escuchando los truenos, o levantándose para mirar por las ventanas, o llamando a alguien para comentar. Convirtiendo el miedo en cualquier cosa posible. Creando posibilidades favorables.