Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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PONFERRADA quiere mar, esto hace mucho tiempo que se sabe, y el mar de Ponferrada es el mar de Galicia. Ahora bien, entre todos los mares gallegos, que son muchos y diversos, todos magníficos, yo creo que el mar de Ponferrada por antonomasia es el de La Coruña. El de las playas de Riazor y del Orzán. El mar de la Coruña es celta y romano. Y es también el mar más cívico de toda Galicia porque llega justo hasta el centro de la urbe más liberal del noroeste, la más volcada hacia el océano, gran encanto ése; la patria de tantos buenos escritores: Menéndez Pidal, Wenceslao Fernández Flórez, Salvador de Madariaga, la Pardo Bazán y muchos otros. La Coruña es hoy la gran ciudad del antiguo reino de León aunque sea un burgo de tamaño medio y aunque Vigo la supere en demografía, y aunque, incluso, la prodigiosa Santiago de Compostela esté tan cerca. La Coruña es ciudad de librerías y gaviotas, de barcos y cafés, de jóvenes imaginativos y de muchachas dulces que van en autobús y que por lo general, sonríen; de lluvias fraternales y de restaurantes espléndidos. La Coruña es un lugar donde la gente habla con el mismo acento que usamos en Ponferrada, aunque ellos se lo pongan al gallego muchas veces, idioma hermano. La Coruña es una ciudad de ancianos pulcros, de señoras elegantes, de caballeros trajeados que llevan periódicos en el brazo, bajo la lluvia de nuevo, y que a veces entran, las señoras, los caballeros y los ancianos, en tiendas y farmacias, en mercados y mercerías donde siempre les reciben con una amabilidad de siglos y de ahora mismo. Como si fueran de la familia. Ponferrada y La Coruña andan ahora en acuerdos municipales y poco importa que el color político de los alcaldes sea diferente porque lo que vale es la buena voluntad. Por otra parte, y sin salir de los colores, no está de más recordar que el triunfador Deportivo y la humilde Deportiva visten de blanco y azul, los tonos de la bandera de Galicia y los de la bandera del Bierzo, y esto une lo suyo, como también el que los coruñeses se pasen la vida cruzando el Bierzo camino del resto del mundo, que es un resto que está bien, desde luego, muy interesante, aunque nada como tomar un vino en los soportales de María Pita, y dar una vuelta por la Marina, y caminar luego hasta la torre de Hércules, y ver el fin del mundo y el fondo de cualquiera de nosotros: ese paisaje del alma entre divertido y melancólico que miramos cerca de las olas que nos devuelven al principio del hombre y no sé si un poco antes también.

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