Diario de León

Los muertos de Cofasa cumplen 20 años

Mañana hará dos décadas de la explosión de grisú que costó la vida a ocho mineros en el pozo Río de Fabero, uno de los accidentes más graves de la minería del carbón en España

La portada del Diario de León del 20 de noviembre de 1984

La portada del Diario de León del 20 de noviembre de 1984

Publicado por
Manuel Enríquez / R. Arias - fabero
León

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A Manolo, con treinta años de mina a cuestas, la boca se le llena de un vomitivo sabor a azufre y el aire ancarés le huele a carne abrasada. Las lágrimas asoman contenidas a sus párpados al recordar la mañana de aquel fatídico lunes 19 de noviembre de 1984 en Fabero, una fecha que veinte años después sigue convertida en una de las mayores cruces de la seguridad minera del país. El rumor de la desgracia recorrió a la velocidad de la luz el kilómetro escaso que separaba el grupo Río del centro del pueblo, que se desesperezaba de la resaca del fin de semana. Pero entonces aún nadie sabía que la explosión en el pozo de Combustibles (Cofasa), originada por la acumulación de grisú, había carbonizado ya a tres mineros, y mucho menos que la cifra de víctimas mortales acabaría elevándose a ocho. El accidente, del que mañana se cumplen dos décadas, conmocionó a toda España. Los Reyes, el presidente del Gobierno, Felipe González, y numerosos responsables políticos enviaron telegramas de pésame y solidaridad a las familias de los trabajadores. Aquella mañana hacía sólo veinte minutos desde que el primer turno se había incorporado a los tajos. El accidente se produjo en el piso 17 sur del grupo Río de Combustibles de Fabero, y la deflagración de una bolsa de gas grisú acumulada a lo largo del fin de semana arrebató la vida al instante a los tres obreros que estaban en la «guía» de la galería. Otros nueve sufrieron graves traumatismos y quemaduras de diversa consideración. Ocho fueron trasladados urgentemente a Madrid, en algún caso con el 85% de su cuerpo abrasado. Andrés Calvo Prieto, que tenía entonces 22 años, fue el único afectado por la explosión ingresado en el Hospital Camino de Santiago en Ponferrada. «Era como una brisa caliente que hacía retorcerse a uno», acertó a describir Calvo el suceso al ser visitado por el presidente de la Junta, Demetrio Madrid. «Algunos compañeros se desmayaron de inmediato», agregó. Caos y angustia Los mineros que a las ocho y veinte de la mañana laboreaban en la misma rampa, pero que habían entrado por el piso 18, tras oír la explosión intentaron socorrer a los accidentados en medio de un ambiente irrespirable debido al humo y olor a carne chamuscada. La confusión era absoluta. Muchos faberenses se congregaron angustiados en las inmediaciones del botiquín de la empresa, donde el doctor Agustín Rodríguez, tras estabilizar a los accidentados ordenaba a voces la evacuación al Hospital Camino de Santiago en Ponferrada, desde donde ocho partieron hacia el Hospital La Paz y hacia la Unidad de Quemados del de la Cruz Roja en Madrid. El caos lo impregnó todo. Alcanzó también a los sindicatos y a la empresa. En los días siguientes UGT y Comisiones Obreras se cebaron con la negligencia de la compañía, acusaciones a los que la patronal respondía con comunicados en los que resaltaba la eficacia del rescate en cuanto a los medios empleados, y la prontitud con que se llevó a cabo. El diluvio universal Las muestras de dolor quedaron resaltadas aún más por la meteorología. El cielo descargó un tremendo aguacero sobre Fabero dos días después del siniestro. Pero ni el diluvio universal habría detenido la manifestación de las más de 5.000 personas que se dieron cita en la capital de la cuenca para asistir a los funerales. El presidente de la Junta, Demetrio Madrid, y su consejero de Energía, Dativo Martínez, el director general de Minas, Juan Manuel Kindelam, y el subsecretario de Trabajo, Segismundo Crespo, asistieron al sepelio de los tres mineros muertos inicialmente. La nueva iglesia y la plaza del Minero se quedaron pequeñas para acoger a todas las personas que querían rendir su último homenaje a los fallecidos. El funeral fue oficiado por una docena de sacerdotes y en el sermón, Máximo Álvarez, en aquel momento cura auxiliar de Fabero, calificó el accidente y la muerte de los tres mineros de «tributo al trabajo». Y recordó que un minero «no es una herramienta» y que su vida «no se paga con dinero alguno, pues vale más -bramó- que todas las empresas juntas». Cinco años antes, el 17 de octubre de 1979 otra deflagración de grisú que tuvo lugar en la galería 13 del pozo María de la Minero Siderúrgica de Ponferrada, en Caboalles de Abajo, le había arrebatado la vida a diez mineros. La causa del accidente se atribuyó a un derrumbamiento de carbón. ¿Qué ocurrió? En el caso del de Combustibles de Fabero (Cofasa), ni los tribunales, ni los peritos fueron capaces de aclarar el origen cierto de la tragedia. «No se ha podido determinar que produjo la chispa de inicio de la deflagración y posterior explosión en este grave accidente acaecido en el piso 17 Sur del Grupo Río de Cofasa» constata la sentencia. Pudo ser una bombilla de alumbrado o la manipulación del tren energético que se estaba reparando en aquel fatídico momento. O incluso pudo acaecer que alguien, saltándose la tajante prohibición al respecto, tratase de encender un cigarrillo. Lo que parece que sí ha quedado claro es que si se hubiese comprobado si había gas grisú en dicho piso antes de empezar la jornada, según estaba contemplado en la directiva de seguridad minera, el accidente se podía haber evitado. Condenados Así lo entendió también en su fallo de 5 de mayo de 1988 la Audiencia Provincial de León. El tribunal que se encargó de juzgar el accidente en el sumario número 4/85 del Juzgado número 2 de Ponferrada, promovido por el Ministerio Fiscal y por los familiares de los fallecidos y los perjudicados; y en el que ejercía la acción popular la Federación Estatal de Mineros de la Unión General de Trabajadores y la Federación Minera de Comisiones Obreras. Fueron condenados a penas de prisión menor por «imprudencia temeraria con resultado de muertes y lesiones graves», el ingeniero director de Combustibles de Fabero, el capataz-jefe del tajo, y el vigilante encargado de medir el gas. La empresa fue condenada a indemnizar con once millones de pesetas de la época a cada una de las viudas e hijos de los seis mineros fallecidos que estaban casados, y con nueve millones a los padres de los muertos que se hallaban solteros. También se estipularon compensaciones para otros cuatro mineros heridos graves. La seguridad, antes y después Con sus muertes, Luciano Iglesias Blanco, de 41 años, Adelino Alonso Alonso, de 32, Manuel García Álvarez, de 28 , Manuel Tejón Álvarez de 26; Ramiro Guerra Díez de 24 años, Santiago Álvarez Díaz de 21, Tomás Abella de la Mata de 35 años, y Emilio Álvarez González de 24, marcaron un antes y un después en la seguridad minera en el Bierzo y también en León. Hoy, 20 años menos un día después, del grupo Río tan solo queda un desvencijado letrero indicando la vieja propiedad de Combustibles de Fabero, y al fondo un edificio en ruinas de lo que fueron las duchas y el almacén. Cuando ocurrió el accidente el grupo Río llevaba nueve años abierto. Luego fue cerrado en 1.993 a consecuencia de la desaparición de la empresa Combustibles de Fabero y el traslado de toda su plantilla a la empresa Victoriano González, adquirida más tarde por el conglomerado de Victorino Alonso. Mañana viernes, muchos faberenses, acudirán invariablemente, como desde 1984, a llorar en silencio la tragedia durante los oficios que se celebrarán en la iglesia nueva a las 20.00 horas.

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