Diario de León
Publicado por
ALEJANDRO J. GARCÍA NISTAL
León

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ESPAÑA país de grandes funerales. Ya lo decía Valle Inclán y lo repetían sucesivamente literatos de prestigio que sufrían en sus carnes el reconocimiento negado en vida y la idolatría una vez muertos. Gracias a Dios a Linares no le ha pasado igual. O sí. Para los que defendemos la vocación y la formación, como paso previo al desempeño de la profesión periodística, Linares representa uno de los exponentes del periodismo nacido en el pueblo, a pie de calle, desde la realidad social. Su título es más valioso que el nuestro. Es el título de la gente. El reconocimiento de todos nosotros a su labor y a él mismo. Y eso vale más que todos los masters del mundo. Conocí a Ignacio Linares durante mi infancia, escuchándolo por la radio mientras desayunaba grandes tazones de Cola Cao en casa de mis tíos cuando venía alguna vez a pasar las fiestas de la Encina. Mi tío, Toribio Berciano, y el propio Linares, me corroboraron su amistad cuando vine años después a Ponferrada a ejercer en esto del periodismo. Y yo me pregunto: ¿y de quién no era amigo Linares? En seguida pedí a Oscar Campillo, mi director en la «trinchera de enfrente», que trasladase la columna de opinión a las páginas del Bierzo porque Linares aquí era el referente a seguir. Él recogió el testigo de Florencio Carrera, también mago de la opinión y la información con dosis de un populismo encantador. Hoy sé quién ha recogido ese testigo radiofónico, aunque me lo guardo por pudor personal. Linares compartió innumerables veces mesa y mantel con este periodista. Su energía, su alegría y su frase siempre mitad chiste, mitad dardo eran magistrales. De corazón lo siento y lo he vivido así. Rompimos el hielo dejado por antecesores y forjamos una relación que, lejos de ser profunda, (los caminos del periodismo son infinitos), fue ante todo y sobretodo cordial. El más madrugador, el que recorría los puntos neurálgicos antes que nadie, al que acudían todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, todos. Ese era Ignacio Linares. Su saga, su obra, quizás un poco eclipsada por la gran estrella de su amigo y hermano Luis del Olmo, queda aquí, entre nosotros. El «buenos días Bierzo, Laciana y Valdeorras» sigue resonando en nuestras conciencias hasta llegar al Cielo, donde está él, desde donde nos mira y vela por nosotros. Cuando alguien nuestro se va, siempre queda algo de él en nuestros corazones, en nuestro recuerdo. España, país de grandes funerales. Linares tuvo el mejor, el de los oropeles del pueblo del Bierzo.

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