Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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CUANDO se lea esta columna, estaré a buen seguro recorriendo las calles de La Habana Vieja, esa ciudad mítica y patrimonial que tanto atrae a los europeos occidentales, algunos ya muertos en vida, ahogados otros tal vez en sus propias heces pequeño-burguesas y en sus rutinas de agendas apretadas, al borde del infarto. La Habana, a pesar de todo lo que se cuente y se diga, sigue siendo una ciudad espléndida. Suite Habana, Los misterios de La Habana, La Habana para un infante difunto, Trilogía sucia de La Habana, Buenavista Social Club o Habana Blues, son algunas de las muchas miradas interesantes acerca de esta ciudad. Cuántas habanas reales y contradictorias hemos visto, oído y sentido, incluso gustado y saboreado. Es tal su magia que uno se siente como alumbrado. El encanto de esta capital, más allá de sus bellezas naturales, que las tiene en abundancia, reside en sus gentes, en su ternura. Vuelvo a esta ciudad esperando encontrar a aquellos seres entrañables con quienes compartí buenos momentos. Siempre llevaré en mi corazón a Alicia, Óscar, Evelyn, Indira, Orlando, Mario. La inteligencia emocional de los habaneros es algo maravilloso. «¡Oh, el trópico! Qué lindo para venir de visita una semana y admirar el crepúsculo desde un lugar distante y silencioso, sin mezclarse demasiado!», escribe Pedro Juan Gutiérrez en su «Trilogía sucia de La Habana». La Habana que nos muestra este polifacético escritor cubano, aun siendo bestial, resulta entrañable. Gutiérrez, con su estilo de milleriano tropical, logra adentrarnos en las entrañas de la ciudad, y revolcarnos las nuestras. «En Centro Habana la gente vive del aire... ya se acostumbró a vivir con agua con azúcar, ron, tabaco, y mucho tambor». «Lo que todos buscamos cada día: no desperdiciar en soledad nuestra vida, encontrar a alguien, entregarnos un poco, evitar la rutina, disfrutar nuestro pedazo de fiesta». Para el habanero, que tiene que ganarse los frijoles con el sudor de sus axilas, la realidad es bien diferente a la que suele vivir, durante una semana o quince días, un turistilla cualquiera. Por ejemplo un turista berciano. Uno de esos turistas que puede alojarse en un hotel de Miramar, y lleva en el bolsillo algunos cientos o miles de euros. De visita todos los gatos son pardos. El asunto es la vida diaria. Puede que la vida sea silbar, como nos cuenta Fernando Pérez en una de sus pelis.

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