Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HACE unos días leí que Tarsicio Carballo pedía para Ponferrada la capitalidad de la diócesis de Astorga. Sin cambiarle de nombre, supongo, pues sería una pena que la diócesis asturicense, que es una de las más antiguas del mundo, fuera ahora a llamarse obispado de Ponferrada. Tal vez lo que proponía Tarsicio era algo parecido a lo que sucede en otros territorios diocesanos, de nombre compuesto. Como en Mondoñedo, la más poética de las sedes episcopales del orbe católico. Mondoñedo, con sus dos mil habitantes y su catedral y la memoria eterna de Álvaro Cunqueiro, comparte nombre oficial con El Ferrol, pues la ciudad departamental tiene cincuenta veces más habitantes que el viejo burgo lucense. Algo así también sucede con la diócesis de Segorbe, que desde hace años se llama Segorbe-Castellón, por vivir en la capital de la Plana (en cuyas proximidades escribo esta columna) casi doscientas mil personas, que contrastan con los diez mil segorbinos. También en el Burgo de Osma se vieron obligados a compartir sede con Soria, ciudad más grande. De modo que deduzco de todas estas experiencias, que la propuesta de Tarsicio llevaría a crear algo así como la diócesis de Astorga-Ponferrada, y la consecuencia de que monseñor Camilo Lorenzo tuviera su residencia en alguna vivienda modesta y cercana a la basílica de la Encina, que ascendería a la dignidad de concatedral. Se trata de una propuesta un poco delirante, piensa uno. Entre otras cosas porque entre Astorga y Ponferrada solo median 30 minutos de autovía, y también porque no es bueno que Ponferrada pierda su identidad de urbe fronteriza y libertaria, campechana y más bien discreta en fervores religiosos, pues uno no sabe de ningún beato aquí nacido, ni siquiera de ningún prelado relevante. Y es que Ponferrada es una ciudad muy terrenal, de mercaderes emprendedores y de chicas guapas que enaltecen con sus cuerpos en flor las muchas mezclas de sangre que aquí se trabaron a lo largo del siglo XX entre andaluces de Jaén y gallegos, entre bercianos del monte y leoneses de la llanura, entre retornados de la inmigración y transeúntes. Creo que Tarsicio debió ser más audaz y pedir una diócesis propia para el Bierzo. Un obispado cuya sede no podía ser otra que la ciudad de Villafranca, nuestro Mondoñedo propio. Ciudad bella, antigua y pequeña, algo bretona y fluvial; y patria de nuestro Cunqueiro particular, que también es nuestro Cunqueiro universal: Antonio Pereira.

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