El veneno del teatro
¿QUÉ LE lleva a una persona a transformar su pinta y su comportamiento para ponerlos al servicio de un texto, de una historia, de una ficción? ¿Qué diferencia sustancial puede sacarse de ser actor o ser espectador? Las respuestas son, obviamente, tantas como individuos aludidos, y la vivencia, siempre personal. Pero más allá del simple entretenimiento están los ecos de una obra cuando sales del teatro. Vivimos... siempre hemos vivido tiempos de desigualdad. La cultura es un lujo gregario que pertenece a unos pocos acomodados, y no mentiría una pintada bien grande que dijera: Los negocios y los intereses y la economía y los orgullos y las trampas y el marketing. Todo un mercado de ideas y el sentido inventado de lo que se crea y de lo que se cree y de lo que se quiere. Pero el teatro. Y su veneno. Ese veneno que pica y pide más. Esa barrera-línea-frontera entre público y plantel parece insalvable y sin embargo está al alcance de cualquiera que se atreva a tirarse a la piscina de tablas que reconforta como un buen baño, como un buen miedo vencido, como un reto consumado. Un salto en paracaídas y las ganas de volver a saltar para saborear mejor el vértigo salvado. Y a más tiempo, a más experiencia, mejor y más consciente es el trabajo de un actor. Un intento, una oportunidad agarrada marca la diferencia entre espina clavada e interrogante esclarecido. Hay quien cede ante los nervios quizás sin saber que son patrimonio de la humanidad, y que hasta el más pintado (casi siempre sinónimo de más famoso) se pregunta «quién narices me mandaría a mí meterme en esto» mientras oye crecer el murmullo en el patio de butacas. Contradicción, sí, pero recompensa en clave de aplausos. Y a la cola de toda creación, el ego, siempre en entredicho y sin que nuestro antropocentrismo nos deje establecer cuál es la medida idónea para este concepto acuñado por Freud y por los dictados de su subconsciencia. «De esto no se puede vivir», sentencian unos, aceptan otros, corroboran muchos y desmienten pocos. Pero se puede vivir con ello, y eso es suficiente para cualquier envenenado que se precie. Hay cantera en esta ponteférrea ciudad, hay ideas, quizás tantas que no haya tiempo material para desarrollarlas. Hay historias que recoger, que rescatar, a la vuelta de cada esquina, al otro lado de cada ventana, dentro de cada cabeza preocupada. Hay todo un mundo sin inventar en cada hora de telón bajado. Si usted no se ha atrevido todavía, adelante, envenénese.