Escuela de problemas
HACE cinco años (casi), una noche en que una amiga y yo buscábamos los cines Kubrick por la larguísima avenida del Alcalde Miguel Castaño, en León, un hombre que venía en dirección contraria por la larguísima acera desierta, nos informó de que no quedaban entradas (Juan Diego Botto y Ernesto Alterio interpretaban a Shakespeare). Así que nos ahorramos la pasta y el resto de la caminata. Nuestro acento debió sonarle galleguil al preguntarle si íbamos bien, y adivinó que éramos de Ponferrada. Surgió pues conversación en busca de conocidos comunes, lugares de residencia, y bares frecuentes. Fue entonces la primera vez que oí hablar de la Escuela de Cine, un proyecto a punto de ver la luz que en aquel momento me pareció ambicioso, valiente y peligrosamente pretencioso. Grande. Pero no por todo esto imposible o inviable. Entre los puntos a favor destacaba la situación geográfica: Cerca de Galicia, de Asturias, de Castilla y de Portugal. En el corazón del mismo Bierzo. Y esto, supuse, quería decir riqueza de alrededores para rodar en ellos. Hoy siguen ahí, vírgenes sin captar por objetivo alguno. Todo gran plan necesita altas dosis de optimismo y razones favorables, entusiasmo y... organización. Y realismo para que no se derrumbe. Y humildad para que no se corrompa. Y seriedad para que no ocurra la caída en picado de los cerca de doscientos aspirantes del primer año a los escasos cuarenta de hace unos días. Las anécdotas son tan decepcionantes como innumerables. Y los desplantes, y el juego sucio y rastrero de escatimar presupuesto a pesar de las cuantiosas matrículas aflora demasiadas veces en quejas impotentes. Alumnos que eligieron terminar esta incierta carrera en otro sitio adelgazan las listas junto con el descenso ya comentado. No había nadie que se encargase de devolver formalmente las cosas prestadas, y la ciudad se cansó pronto de colaborar con una escuela que luego no hace llegar copias del corto a los participantes y si lo hace es porque se preocupa quien se da cuenta de que no lo va hacer nadie. Desorganización se llama el fracaso de la Escuela. Tensión de las cosas injustas que podían no haberlo sido. Gente, mucha gente espectante y participante, actores entregados, cansados y presentes cada minuto de desconcierto. Administración aguda para preparar el plató el día de las visitas y ...o milagro reparador o sólo nos quedará la glorieta.