Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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HAY ciudades o países en los que el erotismo parece que estuviera desterrado. Son sociedades «deserotizadas». En cambio hay otras que están impregnadas de erotismo. Como la cubana, lo cual que a uno le resulta maravilloso. El dios o diosa Eros mueve o debería mover el mundo. Aunque sabemos que lo que mueve el mundo en realidad es el asqueroso dinero. El Bierzo, al menos en verano, se vuelve sensual, aunque no llegue al erotismo cubano. Hay un cuento de Pereira, Las peras de Dios, cargado de sensualidad, que el cineasta berciano Sarmiento ambientó en Albares en aquella película entrañable cuyo título era El Filandón. El verano le sienta bien al personal berciano, que parece desinhibirse al amor de las romerías y las parrandas. El verano, como es quizá la estación más lírica y sensual del año, le sienta bien a casi todo el mundo porque los días son largos y luminosos. La gente sale a la calle y al campo a exhibir su cuerpo serrano. A dejarse ver y a mirar a los otros en ese ejercicio de voyeurismo saludable que procura intensas emociones. Y a bailar esos bailes «aperruñados» en los que se rozan los cuerpos en busca de amor y sexo. Como ocurre con el «reggaeton». Sin embargo, hay sociedades que parecen vacías de erotismo como el País Vasco. Que me disculpen quienes allí viven. Incluso tengo familiares y amigos que moran en este país de las cuadrillas y las ruedas, los chuletones de a kilo y el txakoli, los zuritos, los pintxos y los txiquitos. He estado muchas veces en Euskadi, aunque confieso que en los últimos años no he pisado mucho esa tierra. Supongo que lo suficiente para que uno se de cuenta de que esta es una sociedad poco sensual. «Es una sociedad cerrada y prejuiciosa», me recuerda alguien cercano. «Resulta difícil formar parte de una cuadrilla». Joder con las cuadrillas. Como si fueran sectas. Al parecer, las cuadrillas se reúnen más que nada para comer. En el fondo al vasco, y al españolito en general, lo que le gusta es comer. Sobre esto hablaremos en otro momento. Nunca me han gustado las pandillas ni las cuadrillas ni nada que tenga que ver con «peñas». Prefiero la compañía de unos pocos o la soledad que le permite a uno hacer lo que le sale de la punta de los contrapuntos. Y por supuesto prefiero el erotismo de la sociedad cubana a las comilonas con las que se atiborran las cuadrillas vascas, las bascas vascas, o sea.

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