El barrio de San Andrés
EL BARRIO de San Andrés de Ponferrada siempre tuvo atavíos rurales, prestigios de frontera. Allí empiezan las viñas y allí se juntan el río Sil y el Boeza, después de bordear una loma donde bien pudo estar otro castillo, otra ciudadela. Aunque hubieran sido excesivos dos alcázares cristianos para una ciudad tan humilde entonces, tan apartada y esotérica. El barrio de San Andrés tiene solo media docena de calles, pero todas muy respetadas por los ponferradinos, que ya sólo pueden escuchar el pasado popular de la ciudad allí, el pulso de un arrabal del medievo, esa cosa de imaginar que, en cualquier momento, ya en la calle de la Estafeta, o en la de Buenavista, va a aparecer un tamborilero, o un pastor con sus ovejas, o un hombre con un cesto de uvas, o una mujer que habla cantando y que acaba de venir de San Lorenzo de Valdueza. O de Otero de Vizbayo, que está a un paso, pero que ya es otro mundo. Como también lo es Puente Boeza, el pacífico barrio fluvial amenazado por las inquietantes macro discotecas, esos inventos que pronto se ven acompañados por un anillo bronco de orina y de ruido; de botellones extramuros. De miles y miles de bolsas de supermercado llenas de mondas de borrachera. Pero volvamos al barrio de San Andrés, tan minúsculo, el San Marino de Ponferrada, la Andorra nuestra, el Liechtenstein de la ciudad-estado que aún no hemos podido ser, aunque ahora, con Zapatero embrujado y vagamente constitucional, quien sabe si logramos para Ponferrada el estatuto de independencia. Volvamos al viejo barrio de San Andrés, que debe ser el que más sabe de la ciudad. Porque está dentro y porque también está un poco fuera. Porque es un mirador, aunque un mirador desde arriba y desde abajo, pues más altas que San Andrés están las cotas del prestigio político, militar y eclesiástico: la plaza del ayuntamiento, nuestro zócalo; la basílica de la Encina, nuestro Vaticano, la calle del Reloj, nuestra Sierpes, y la enorme fortaleza jacobea, nuestro Potala sin Buda (o con él, que viene a ser lo mismo). Barrio de San Andrés, tan cívico y berciano, con su viejo hospital que ahora está magnífico. Barrio de San Andrés, que al otro lado, en su ribera más alta, situó su iglesia. Su templo que mereció ser parroquia, catedralita de los bercianos del Bajo Oza, donde bien pudo vivir el papa Luna si fuera de por estas tierras del noroeste. Iglesia de San Andrés, que va a ser la subsede de las Edades del Hombre, y uno se alegra por ello.