Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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EN LA TERCERA edición del Festival de cine de Ponferrada hemos tenido la ocasión de ver, entre otras películas y documentales, La rosa del desierto del productor y director leonés Tomás Martínez. El título de este documental nos recuerda aquellos poemas aromáticos y legendarios que escribiera Valle-Inclán acerca de las rosas, incluidos en «Claves líricas». Desde «Rosa de llamas» hasta «Rosa de sanatorio». Es La rosa del desierto un poema visual, un documento emocionante sobre la realidad del pueblo saharaui, que lucha por su libertad e independencia desde hace treinta años. Tras su aparente sencillez, La rosa del desierto nos muestra la esencia de un pueblo, el saharaui, que depende de la ayuda humanitaria para sobrevivir en una tierra de extremos duros, como lo es el desierto, y en concreto el cacho de Sáhara donde está acampado. Tomás Martínez ha tenido la maravillosa idea de acercarse a este pueblo, tan humilde y a la vez con tantos grandes valores, y ha logrado convertir lo cotidiano en sublime, como queda reflejado en el documental. Es un documental antropológico, como los que hiciera Flaherty, véase Nanuk, el esquimal , o Las Hurdes, de Buñuel. La rosa del desierto , cuya idea y título se desarrollan a partir de la lectura de una tesina realizada en la Universidad de León, según el propio Tomás Martínez, nos habla del pueblo saharaui, tan poco conocido por los occidentales, habituados a vivir en la bamba y el limbo del consumismo, y sobre todo deja que sean las mujeres quienes nos cuenten sus historias, en ocasiones conmovedoras, mujeres maravillosas, que en esa sociedad, como en casi todas, son quienes tiran del carro de la vida, y logran, con su fuerza espiritual, que el mundo siga adelante. Mujeres de rostros hermosos y a la vez sufridores capaces de luchar y vivir en medio de la nada, incluso de formarse como profesionales en la medicina o el derecho. Por fortuna Cuba les ofrece a estas mujeres la posibilidad de estudiar carreras universitarias para que luego puedan ejercerlas en los campamentos de refugiados. Podría decirse incluso que hay una cierta afinidad entre el pueblo cubano y el saharaui. Pueblos donde el tiempo parece haberse parado pero con unos valores que ya los quisiéramos en nuestra cada vez más fría tierra leonesa, donde la ternura se desconoce, y la felicidad de nuestros niños está en amontonar cosas superfluas y no en una verdadera educación, que los forme como personas.

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