Diario de León
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León

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EL HECHO irrefutable en estos momentos es que el planeamiento de La Rosaleda es ilegal. Sobran alturas y faltan dotaciones y pasto. Pero lo que ha llegado luego tras la difusión de la sentencia vuelve a dejar por los suelos la calidad de quienes nos gobiernan y de los que los controlan. El reguero de descalificaciones en el que se han zambullido Riesco, Saavedra y sus respectivas cortes no pone más que de relieve el «centrombligismo» con el que se manejan unos para defender la poltrona, y otros para alcanzarla. Algo que sería muy legítimo políticamente, si al margen de esa contienda, fundamentalmente el equipo de gobierno popular -y en segundo término la oposición socialista-, hubieran arrojado ya alguna luz sobre cuáles pueden ser las soluciones para mitigar la zozobra de los compradores de viviendas en esa zona de la ciudad y de futuros residentes. Pero hasta este instante el ciudadano común, el que no vive o piensa vivir de la política, se ha tenido que despachar con una sarta de improperios que sólo contentan a las «clacs» de los púgiles públicos, quienes suelen identificar erróneamente los jaleos de sus incondicionales con el sentir de los administrados, colocados en el ciego de sus prioridades. El pleno que se celebra mañana me temo que sólo sirva como cambio de escenario para la crítica desaforada en vez de para plantear alternativas, que por supuesto no cuesten un duro a la ciudad. «No se lo pierdan», anuncia Riesco circense. Yo no tendría muy en cuenta la invitación si en algo aprecian su salud mental. Ojalá, con todo, que alguien me desmienta y piense por un momento en el ciudadano vulgar, al que cuando menos le quedarán las urnas para dirimir responsabilidades. Aunque este asunto no sólo tiene alcance político. Sospecho de una estrategia empresarial que va a dar mucho que hablar, porque lo que menos interesa es el arreglo sino la pendencia. ¿Pero no era la política el arte de lo posible?

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