Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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DE PONFERRADA me gustó siempre que fuera tan dispersa. Que los barrios estuvieran espolvoreados por ahí, en un diámetro generoso, aunque sin grandes separaciones entre ellos. La única excepción la provocaba la MSP con sus vastos solares que confinaban a Cuatro Vientos y al barrio del Canal, al otro lado de un extraño y anchísimo río de piedras. Me gustaba entonces, y ahora claro, saber que La Placa estaba muy lejos de Puente Boeza. Y no digamos La Martina de Compostilla. Porque siempre preferiré una ciudad esparcida a una concentrada. De ahí que mire yo con malos ojos esas torres que se alzan en la Rosaleda. Curiosamente, me parece una buena idea lo del rascacielos, por su singularidad, pero creo que esas altas barbacanas de especulación que ya oscurecen la gran vía del Rey Nuestro Señor, son excesivas. Mas, ya me voy por otros barrios, más sugerentes y lejanos. Todavía hoy recuerdo mi primer viaje a La Placa, en autobús, con mi madre, a ver a una asistenta enferma, hace la broma de cuarenta años. La Placa, aquella lejanía, los trenes... y el campo y el final de las casas, todo eso me interesó mucho. Desde entonces, siempre me atrajeron los barrios periféricos de Ponferrada. ¿Por qué? No sabría decir. Acaso por su silencio, por su quietud. O por un cierto misterio, muy apreciable en la noche. También me gusta no saber bien donde empiezan unos barrios y donde terminan otros. Nunca supe los límites entre Villa Flor y Villa Gloria (barrios con nombre argentino), ni tampoco sé donde la Borreca Alta pasa a convertirse en la Borreca Baja. Pero ahora que paso por las Borrecas en este viaje, y que paso confuso como digo, me acerco a otro barrio, más alejado, pero que conozco bien, por haberlo cruzado cientos de veces, camino del Oza y del antiguo municipio de Los Barrios de Salas. Puente Boeza, que está de moda porque hay en marcha un puente nuevo que convertirá en peatonal al antiguo, muy trallado de semáforos y tráfico, puente menestral y de piedra. Supongo que el puente nuevo supondrá una pequeña revolución en la zona. Soldará mejor a la Ponferrada que no es del Sil con la que sí lo es. Y abrirá nuevas posibilidades para que se consume la poco deseable contaminación inmobiliaria de ese paraíso que es San Lorenzo, y no digamos el bello y alto Otero de Vizbayo. Pero la urbe manda. La ciudad que anega esos pequeños encantos que aún subsisten, esos arrabales viejos y solitarios, donde el pulso de Ponferrada es distinto, donde la prisa es una lastimosa extravagancia.

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