Ponferrada minera
SE DEBATE estos días si Ponferrada es una ciudad minera o no. Yo soy de los que creen que Ponferrada nunca lo fue. Ni su municipio, pese a que ha crecido en los últimos decenios, al absorber a los antiguos ayuntamientos de San Esteban de Valdueza y Los Barrios. Que yo sepa no se han explotado minas en el término municipal de Ponferrada, un territorio más grande que el de varios estados europeos, como San Marino, Mónaco o el minúsculo Vaticano. Que Ponferrada sea considerada o no municipio minero tiene consecuencias políticas y sobre todo económicas. Porque de esa condición extractiva se derivan ayudas públicas europeas, que siempre son muy convenientes. Sin duda por ello, y porque este terreno es resbaladizo, matizaré mi opinión diciendo que si bien Ponferrada nunca ha sido una ciudad minera -datos empíricos- sí que es cierto que ha tenido un gran ambiente minero. Es más, durante muchos años, los que van de 1920 a 1980 más o menos, la ciudad, fue, tanto o más que un centro de servicios, un gran poblachón carbonero. Como si la pujanza de la antracita y de la hulla se llevaran por delante los viejos rasgos de identidad de aquella Ponferrada un tanto cacabelense que existía antes de la MSP. La Ponferrada también villafranquina de los jóvenes cultos y pocos que iban por ahí celebrando las bellezas de la Aquiana, escribiendo obras de teatro, queriendo a su ciudad no menos que Evo Morales debe amar a su jersey de colores y a sus ancestros imaginarios en el ilustre cargo del Gran Cóndor. Ponferrada, su ambiente carbonero. Ahí, sí, desde luego, la ciudad era pura minería. Sin mineros. Como si todos anduviéramos disfrazados de picadores y maquinistas que trabajan en las duras galerías negras. Ponferrada del carbón, de los trenes de vapor, con los vagones rebosantes de mineral venido Sil abajo. Ponferrada de las tabernas de ambiente astur-leonés, amenizadas de cantares melancólicos, de vinos baratos, de broncas formidables. Ponferrada de los camiones llenos de antracita. De los hombres duros que faenaban a la intemperie en las fábricas de coque, y en los legendarios tinglados de La Placa. Esa Ponferrada pertenece y al reino del pasado; tal vez también al de la literatura. Y aún recuerdo las quejas de mi madre, desesperada al recoger la ropa seca del tendedero, tantas veces moteada de la carbonilla que soltaban las chimeneas de las térmicas. Con esos argumentos de la memoria, tal vez sea posible mantener que Ponferrada todavía es una ciudad minera.