Diario de León
Publicado por
ALEJANDRO J. GARCÍA NISTAL
León

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EL OTRO día me confundí, me encontraba en la llamada parte alta de Ponferrada, en pleno Paseo de San Antonio cuando una larga cola de personas ocupaba la acera de enfrente. «¿Estará lleno el Centro de Salud?» pensé. Y no, era una larguísima fila de bercianos esperando obedientemente a «sellar» su inscripción en el Inem, ahora denominado Sacyl, ya saben, por aquello de las competencias a la Junta. Me descorazoné. Sus rostros, como de vergüenza, de estar haciendo algo que les delataba con respecto al resto de sus semejantes, como si no tener trabajo fuera pecado, una falta, una culpa, un estigma... ¿Qué hace la gente para salir de ese círculo vicioso del desempleo? Un apunte, el Ayuntamiento concede intermitentemente decenas de licencias de aperturas de nuevos establecimientos, en su mayoría: bares, tiendas de ropa y peluquerías. Al final, resulta que con un poco de ahorros, de ayuda familiar y de préstamo bancario los hay que dan el salto y se convierten en empresarios de su propio negocio. Buceando un año después, poco más del 50 por ciento, la mitad, han cerrado. Mucha competencia, decisiones mal tomadas, fallos de estrategia y previsiones... Está claro que la sociedad busca sus recursos de subsistencia. Desde las administraciones públicas no dejan de hablar de «nuevos yacimientos de empleo». Está claro que media docena de grandes empresas existentes en la comarca suponen un alivio para muchas personas que buscan trabajo. Otra cosa es cuando hablas con ellos y te empiezan a contar la retahíla de las subcontratas, las horas extras no pagadas, los turnos abusivos, etc; pero tienen algo a lo que aferrarse. Enviamos a nuestros hijos a las universidades, creemos que una carrera lo soluciona todo. Al final, la mayoría de nuestros licenciados se van a Valladolid y a Madrid en busca de un horizonte que aquí han perdido. Cierto es que la agricultura y el turismo bien planificado pueden ser «otros yacimientos de empleo» y de fijación de población. Pero, confesemos que estamos a años luz de la profesionalización requerida, las subvenciones millonarias necesarias, reconcentraciones parcelarias y hacer del agricultor un empresario del campo moderno y del afable lugareño con casa rural un hostelero profesionalizado del siglo XXI. Me temo, si esto sigue así, que viviremos cada vez más de la paga del abuelo y formaremos una especie protegida en extinción, la del humano berciano, joven, con cierta formación, pero desempleado.

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