| Reportaje | La singular historia de Martín de la Cal |
Muerto a palos por los dos bandos
Hace 60 años moría a manos de los maquis el pastor protestante de Peñalba de Santiago. Perseguido por los nacionales por no ser católico y por los «rojos» por ser un hombre de fe

Lugar donde reposan los restos de Martín de la Cal y parte de su familia en las cercanías de Peñalba
El Valle del Silencio es como un saco sin fondo, siempre aporta alguna novedad para quien se adentra en él. En esta ocasión, se trata de la azarosa vida y trágico fin de un vecino de la localidad berciana de Santiago de Peñalba, Martín de la Cal Panizo, cuyos restos reposan, junto al de su mujer e hijas en un desconocido paraje. Precisamente él, que como concejal que era en la República, le tocó crear, aplicando la Ley Nacional por la cual se separaban y creaban los cementarios religiosos de los civiles, se quedó fuera. Argentina Martín, para los que lo recuerdan, era un hombre muy religioso, muy católico, con una inquietud espiritual fuera de lo normal en las aldeas bercianas de principios del siglo XX. Huyendo de una vida dura, del campo y siguiendo los pasos de toda su familia emigró a Argentina, y en aquél Buenos Aires populoso y tan universal se topó con la religión protestante en su rama evangélica. Su mujer, Dionisia Álvarez Arias, le esperaba con el resto de su prole en Peñalba, de donde jamás quiso salir. Tal era la situación que Martín, con algo de dinero ahorrado, con la misión de transmitir el Evangelio y obligado por amor a reunirse con los suyos, retomó su senda hacia el Bierzo. Martín, «el protestante» Retomando la obra de Cecilio Hoyle y sus seguidores desde 1878, Martín se convirtió de facto en el pastor evangélico no ya del Bierzo, si no de todo León. A su casa de Peñalba venían gentes de Valtuille de Arriba, Villafranca, Ponferrada, León... Así su vida cobró forma y sentido en cuanto a que además de trabajar sus tierras y cuidar su rebaño, también predicaba la Biblia y celebraba actos religiosos con asiduidad en la España de los años 30. Sus vecinos, sabían de su distinta fe, pero convivían plácidamente ayudándose unos a otros. Un ejemplo de ello es el traslado que por entonces el sacerdote, don Antonio, tuvo que realizar a la parroquia de Noceda. Martín, cuentan sus familiares y los documentos cotejados que la comunidad evangélica maneja, «sería el protestante quien con su carro y su yunta el que desde Peñalba a Ponferrada, 20 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta pues no existía la vía actual y se iba por Los Barrios, trasladase al párroco y sus enseres sin cobrar ni un sólo céntimo». Pero como en el resto de la nación, la vida de Martín se enturbiaría por momentos. El nuevo sacerdote y los más beatos del pueblo «le perseguían por todas partes». Tanto en la Guerra Civil, como en sus inmediatos años posteriores, Martín «el protestante» era objeto de acusación constante por cualquier causa por pequeña que fuere. En «El Heraldo», periódico mensual de mayo de 1934, encontramos recogido el juicio que los nacionales llevan a cabo con Martín de la Cal: «el hogar de Martín es un nido de amores y juntamente con su familia goza cada día de las bendiciones de Dios en aquel delicioso rincón de Galicia. Hace unas semanas una pareja de la Guardia Civil le interrogaba: ¿Ha sido usted el que ha roto la cabeza del santo? ¿Qué santo? respondía Martín. Pues el señor cura ha denunciado a usted como el autor de la rotura de la cabeza del santo». Al día siguiente Martín y su hijo Laurentino fueron detenidos y llevados a Ponferrada. «Durante el camino los guardias le dijeron que no manifestara sus ideas y de qué partido era. Él contestaba que no tenía otro partido que el mismo que tiene y enseña Jesucristo». En Ponferrada el juez lo interroga de nuevo y con serenidad Martín convence de su inocencia al magistrado. Es absuelto incautándole 6 biblias y un Nuevo Testamento. Pero el 24 de mayo de 1938, varios franquistas suben a Peñalba y llevan a Martín a la entonces prisión de San Marcos en León, según relata su familia. Allí sufre una cruel paliza y es de nuevo absuelto al evidenciar que no pertenece al bando republicano. Su delito es ser protestante evangélico y de momento, eso no importaba a los mandos militares sabiendo que los comunistas renegaban de toda religión. Martín no podía serlo. Pasan los años y, a pesar de las hostigaciones, ahora el peligro provienía de los maquis, «los huídos», como se recoge en los testimonios sobre la vida de Martín. Tanto él como su familia habían sorteado el peligro de los años de guerra y la represión posterior. A pesar de las multas, las palizas y a la muerte de un hijo, Martín seguía predicando su fe e irradiando optimismo a todos cuantos le rodeaban. «Morir, al fin y al cabo, es estar con Dios», decía.