CUATRO GATOS
Mensaje en una botella
CIBERBOTELLA para ser exactos. Y rompo de entrada la magia y lo imaginario, que en tiempos cibernéticos no está la prensa para ir a orillas de los mares a esperar noticias. Así que me he buscado un ciber (sitio lleno de ordenadores con dependiente/a tras un mostrador al que le pagas a razón de un euro la media hora cuando te vas) en esta orilla de una isla a donde he venido a trabajarme el verano y a salir de esa Ponferrada de la que tantos y tantos y tantas aspiraron y aspiran a salir-escapar-huir por múltiples y variadas razones, motivos, hastíos, cansancios, rutinas, búsquedas que no se encuentran. Cuando hablo con familia o amigos suelen decirme que todo sigue igual. Y yo evoco entonces a todos y cada uno de los de siempre en su puesto habitual. Pero no me creo que todo siga igual, porque las cosas y las vidas suben y bajan cuestas, recorren llanos, caminan piedras o surcan desiertos para llegar al agua y beber. Y nunca te acostarás sin saber una cosa más. Y tras las tormentas llegan las calmas. Así que supongo el ambiente de finales de curso, los peregrinos en aumento, el calor amenazante y la afluencia a piscinas, ríos y pantano. El Teatro a punto de terminar temporada y las terrazas habituales, y sus camareros temiendo más agobio. He venido a parar a una de esas costas de esta isla germanizada de Mallorca en las que la playa se llena hasta el último grano de familias, matrimonios, solitarios, vendedores de todo. Y me encuentro con que en esencia, la gente no cambia tanto de un lugar a otro. Podríamos establecer diferencias diciendo que aquí no queda autenticidad, aquí, en este pequeño trozo de la isla en que me encuentro, y si la hay, es esa mezcla de nativos que hablan un ininteligible balear que supera al más cerrado catalán, germanos colorados de paseo a los que luego veo desayunar y cenar en el hotel con la calma del turista en vacaciones. Acabo de llegar, como quien dice. Doce días cuento desde que aterricé. No conozco aún nada de lo que me queda por ver. No han llegado ni la mitad de los que están por venir. El calor no se parece al que auguran los veteranos en julios y agostos ardientes. Ayer conocí al viento de tramontana y entendí porqué la gente que lo frecuenta puede volverse loca. Recibo noticias, entre otras, de problemas en y con la cinematográfica escuela. A ver qué pasa. Sólo decir que un deseo a los artistas o soñantes en serlo que no se dejen superar por penas dolorosas y que respiren su autenticidad. Tienen hermanos en todas partes.