Diario de León
Publicado por
RAQUEL PALACIO
León

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LOS GUIONES de las series televisivas, salvando diferencias, suelen reflejar los tejemanejes que la gente se trae entre manos. Cómo a causa de unos, otros reciben efectos por rebote. Lo que unos lían, otros tienen que desliarlo. Lo que unos mienten, otros tienen que desmentirlo. Si el guión es tenso, sufriremos por el personaje inocente al que nadie ve ni nadie cree, y odiaremos al que, con calumnias, prosigue con sus manejos y sus logros mezquinos. La vida real a veces quiere ser como la que crean los guionistas. Pero siempre los supera. Las paredes del Consejo Comarcal fueron testigos mudos de una serie, sin horario fijo, de lunes a viernes, compuesta por sucios episodios de desenlace impredecible en su momento, estresante para la mitad del reparto de estos papeles tan desprovistos de identidad con que se la juegan cada día tantos currantes. Unos, comprometidos, quieren estudiar el guión como el buen profesional que quieren ser. Otros, creyendo ya ser ese profesional sólo por el hecho de haber sido llamados, no lo estudian porque su sobrada autoestima les dice que no les hace falta. Y llega la injusticia. Pero es seguro que alguien va a salir ganando, y por lo tanto, es seguro que alguien va a salir perdiendo. Y hace tiempo que los finales felices perdieron prestigio. El despersonalizado mundo de los puestos de trabajo, organizó despersonalizadamente un grupo de mujeres, cuatro (como estos gatos), y las puso al cargo de cierto departamento dedicado a encauzar de alguna manera la figura de la mujer en el deporte. Dos de ellas tenían cuarenta y pico, las otras dos, veintitantos. Empecé esta columna cuando los hecho ocurrían, pero la veinteañera que me lo contaba me pidió que esperase a que todo hubiera pasado, no quería un posible problema añadido a lo que su rutina le traía. Dos compañeras totalmente inactivas que, en lugar de convertir su ignorancia en un mínimo interés, osaban, con éxito, pasarse las horas de planificación de la tarea hablando de marujeos y aparentando la situación totalmente contraria cuando un quinto personaje, la supervisora del proyecto, hacía su supervisión. Las veinteañeras no transformaron su asombro, su perplejidad, su vergüenza ajena en acusadoras o reveladoras verdades que nunca desvelaron. ¿Fueron tontas? No, simplemente prudentes. Se guardaron para ellas la pequeña gran satisfacción de haber hecho bien las cosas y de saberse dueñas de una conciencia bien construida.

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