Fiesta templaria
EN MI casa nunca hubo interés por los disfraces, ni tampoco por los trajes regionales: esas prendas remotas y dignas. Tal vez por ello supongo que me sentiría muy raro ataviado de caballero templario si me lo propusieran. Ahora bien, todo esto no lo digo como mérito, que tal vez sea un demérito. Una falta de socialización, de las muchas que me caracterizan. O una altivez rara. O un sentido del ridículo tan acendrado que acaba siendo mucho más ridículo que la hipotética causa. Porque lo cierto es que respeto mucho, sin llegar a la admiración, a quienes se disfrazan con esas sayas medievales que tanto éxito tienen últimamente en el Bierzo. Donde no hay fiesta sin señoras vestidas como princesas de Carracedo, y donde los hombres gastronómicos se caracterizan igual que los extras de las películas históricas de bajo presupuesto. La fiesta templaria de Ponferrada va a más. Y, unida a la restauración del gran castillo -tan necesaria- puede dotar a la ciudad de un nuevo reclamo turístico, muy oportuno en estos tiempos de tanta afición por las infames lecturas esotéricas. Si millones y millones de lectores "semicultos", como dicen los sociólogos, se lo pasan pipa averiguando los recreados desatinos de aquellos atrabiliarios monjes-soldados, ¿qué mejor que aprovechar ese turbión de necedades y encauzarlo, a su paso por Ponferrada, con una gran ceremonia iniciático-festiva en el más bello castillo templario de España? La ciudad, así, encontraría otro nuevo mito vendible, que favorecería su legítimo ruido en la rueda de las urbes españolas. Porque no sólo la Deportiva nos abastecerá de prestigio y nombradía en los tiempos nuevos, ya tan cercanos. También es preciso poner en valor las otras realidades (o mixtificaciones) que la urbe puede manipular hábilmente en beneficio propio. Porque lo que no mata, engorda. Por lo demás, ¿buscarán nuevos motivos y ambientes estas aficiones adultas de cuño infantil? Es muy probable, y yo ya barrunto que cualquier día a alguien se le ocurre organizar una gran fiesta romana en las Médulas, con legionarios de la Semana Santa y con vestuario de "Ben Hur". Con antorchas crepitantes y con cristianos de pega perseguidos. Con emperadores de plástico y con esclavos lúdicos que en la vida real son administrativos, bomberos o agentes de la propiedad inmobiliaria. Gran fiesta en Las Médulas y que todo termine en una gran bacanal pagana, sin duda el momento más álgido de la noche. Bajo los sones de una gaita berciana; de muchas gaitas.