Carmen y Soledad
CARMEN llevaba más de una hora sentada en la cafetería. Para ella había sido un lapso de tiempo sin medida, no hubiera sido capaz de decir cuánto rato llevaba allí si alguien se lo hubiera preguntado. Podían ser diez minutos, media hora. Había fumado hasta las letras dos cigarros que ahora eran dos colillas aplastadas en el cenicero. Los había fumado mientras pensaba que podría dejarlo cuando quisiera. Pero ahora no quería. Se había sentado junto a una ventana y miraba la calle. No quería ni pensar cómo cambia la realidad dependiendo del filtro con que se mire. Porque la misma calle y la misma gente pasando habían sido en otros momentos un tranquilo recreo contemplativo. Ahora eran un sinsentido triste, insulso, fuera del alcance de cualquier intento de evocación positiva. Todo va bien cuando nos sentimos parte de lo que vemos, parte de donde estamos, parte de lo que queremos. Y se pone mal cuando nos parece que no, que no hay parte nuestra, que no estamos dentro de lo que queremos. Y eso le parecía a Carmen la tarde en que conoció a Soledad. Y se preguntaba si todos los que pasaban al otro lado del cristal se habrían sentido alguna vez como ella. Sí, seguro que sí, pensó. Tal vez no, pensó también. Bueno, cada uno tiene su desierto particular donde es libre y preso al mismo tiempo, concluyó. Aunque... sí que parece que algunos no sufren nunca esta soledad, esta sensación de estar fuera... será que lo esconden o que es verdad que nunca han pasado por esto. No había ningún otro cliente en el bar. El dueño y camarero también fumaban. Miraba la tele con un brazo apoyado en la barra. Ecos de noticias que hablaban de la soledad creciente en una sociedad multirracial y numerosa venían como balsa orientativa a la cabeza de Carmen. Soy una más en la estadística solitaria, se consoló. Y se sintió acompañada y acompañante de tantos más como ella sentados en tantas cafeterías. Y pensó en la importante parte de elección propia que conlleva la situación. Hay luchas que se ganan dejando de luchar. Y Carmen intuyó que dejar de luchar contra la soledad podría ser la única manera de librarse de su influencia. Dejar de tratarla como enemiga, como un quiste sobrante, inadecuado, maligno y reconciliarse con ella. Invitarla a sentarse en la silla de enfrente a mirar por el cristal cómo paseaban tranquilos quienes caminaban con ella. Todos los temores se diluyeron cuando Soledad ocupó su silla y le dijo a Carmen: «Respira, no tienes que darme explicaciones, a partir de ahora puedes contar conmigo».