Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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ENTRE el cielo y la mina está el Bierzo, «¡qué verde era mi valle!», qué verde y a la vez qué amargo. Aquella lírica y desgarradora película de John Ford sobre los mineros galeses nos dejó impresionados aun siendo unos guajines, tal vez porque nos sentíamos identificados con la historia, y la mina como telón de fondo. Uno suele identificarse y emocionarse con aquello que reconoce como propio, con su paisaje de infancia, que como sabemos es memoria afectiva, con los primeros olores y sabores. El Bierzo, como el País de Gales, está marcado por la minería. En realidad, hay similitudes entre uno y otro. Alejandro López, cual Ford berciano, ha realizado un cortometraje cuyo título es Mirando al cielo. Es la historia de un chaval faberense que recibe la noticia de la muerte de su padre en la mina, y tiene que explicarle a su hermano lo ocurrido. Alejandro o Alex, como le dicen sus amigos, es un alumno de la Escuela de Cine de Ponferrada, que ha logrado su sueño, en colaboración con otros alumnos de la Escuela y algunos más, al realizar este trabajo. Desde esta fragua te deseamos, a ti y al resto del equipo, toda la suerte. Alex, con su Mirando al cielo, ha refrescado nuestra memoria, incluso cinematográfica, y nos ha devuelto a la infancia hecha de cielos abiertos, heridas sangrantes, y pozos infernales, en los que de repente caía un «costero» y atrapaba a algún minero. Recuerdo con gran tristeza la muerte de dos mineros bercianos, paisanos y vecinos. Aquellas muertes calaron hondo. Una ocurrió hace muchos años, en otoño, que es una estación teñida de melancolía y muerte. Era el padre de un colega y amigo con quien jugaba mucho. Nada más salir de la escuela, a la tarde, escuché las terribles voces de una vecina anunciando la muerte. «Se mató Santiago», pronunció con desesperación y entre llantos. Se me heló la sangre. Luego el maestro, que no quería que el hijo del minero muerto se llevara un tragantón, nos llevó, a él y otros muchos escolares, a la casa de otro compañero. El segundo accidente mortal, que me sobrecogió, también fue en otoño, hace ahora unos catorce años. Era vecino, y un tipo extraordinario, padre de un buen amigo, y tío carnal de otros grandes amigos. Es como si fuera de la familia. Recibí la noticia como un mazazo. La muerte, sobre todo por accidente en una mina o chamizo, se encaja mal. Uno siempre intenta dar vuelta atrás para analizar si podría haberse evitado. Pero la muerte nunca perdona.

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