OPINIÓN
Víctor
TAL VEZ la prisa, quizá el sueño de la mañana al clarear, seguramente el primer rocío del otoño berciano que humedece el bosque y unta la carretera de un aceite resbaladizo, luctuoso. Víctor acudía a su trabajo, en moto, con el mismo entusiasmo que ponía en los quehaceres del campo allá cuando era niño, no hace tanto de eso, unos años nada más, porque ahora contaba apenas dieciocho. Lo recuerdo conduciendo el tractor casi sin llegar a los pedales, mejor que un experto, del mismo modo que movía la furgoneta unos metros para ayudar a los mayores. Los vecinos lo vimos crecer sano, fuerte, inteligente, decidido, emprendedor, apreciado por los del barrio, por todo Viñales, una pedanía, como hay tantas, que otrora tuvo suficientes niños como para mantener la escuela ahora vacía. El jueves, al clarear, seguramente por un patinazo en el asfalto untado de rocío, Víctor González, hijo de Paco y Pili, hermano de Pilar, dejó la vida, en el acto, en la carretera. La pena, claro, es inconmensurable, infinita, un garrotazo brutal de la vida, el dolor más grande del ser humano, tal cual es, precisamente, que los hijos no nos sobrevivan, que se vayan antes que nosotros, en contra de la lógica de la especie. ¿Cómo afrontar el duelo? El esfuerzo sobrehumano de soportar la ausencia, de asumir la pérdida, de continuar sin el hijo desaparecido en un instante. El tiempo, quizá, sea el aliado de los padres, de los allegados, de los vecinos, que lloran la impotencia de no poder corregir lo irreversible. La muerte produce unanimidad, porque no hay nada más allá, sino sólo la férrea voluntad de la memoria, la perdurabilidad del recuerdo de un joven tan querido. El paso del tiempo, la solidaridad con los padres, es de suponer, ayudará a consumar el duelo, a habituarse a la ausencia, y a la presencia del recuerdo. Ya son demasiados muertos en la carretera.