NOCIÓN PERSONAL
Avenida Compostilla (II)
QUEDAMOS la semana pasada en que bajo los gobiernos socialistas locales anteriores se había urbanizado y construido en esta avenida de tal forma, que los garajes de los edificios tenían su salida hacia la calle por delante porque por detrás, se contemplaba un parque y zonas verdes, con lo que el coste de las plazas de aparcamiento en los edificios tuvieron que sortear curvas y rampas que encarecieron su coste final a los vecinos. Fue también con el PSOE, cuando la Avenida Compostilla se convirtió en un paseo moderno de ancha acera y arbolado de frondosos tilos (de ahí que los comerciantes pusieran por nombre a su asociación Los Tilos). También, por medio de una suculenta contribución, los vecinos tuvieron que volverse a rascar sus ya mermados bolsillos para financiar este paseo que rivalizó en enclave paisajístico urbano por unos años, con la Calle Ancha en la parte de arriba, o con la mismísima Avenida de España. Fue el primer gobierno del PP quien libró de polvo y cantos rodados la parte de atrás, zona del bingo, pero con la sorpresa mayúscula del respetable al habilitar una calle-aparcamiento. Y en esto, vinieron las promesas electorales y programas de gobierno en el que se recogía la construcción de un parking subterráneo. «¿Un parking? ¿Si tienen plazas de garaje la mayor parte de los edificios? ¿Si no hay espacio?», se comentó en la zona. A la propuesta municipal se sugirieron como alternativas de ubicación la explanada frente a la Diputación, incluso levantar la zona verde de la parte de atrás (Calle Ángel Barja-Bingo)... Pero en aras del progreso, de la modernización, de la comodidad para futuros clientes de los comercios y vecinos sin garajes, la decisión se tomó sin gran oposición por parte de nadie. Como una crónica de muerte anunciada, los tilos dieron sombra por última vez el año pasado y, al pasar la Encina, no sólo el invierno encima; máquinas y operarios segaron todo recuerdo de lo que un día fue la estampa habitual de la avenida. «Que sea para bien», murmuraban los pasivos vecinos y comerciantes no sin cierta resignación. El plazo de ejecución se estableció en 15 meses y las obras, en principio no muy complejas, contemplaban tres fases bien definidas para «molestar» a comercios, cocheras y vecinos por tiempos. En general, nadie se opuso salvo el comentario de barra de bar, la preocupación en la reunión de tal o cual comunidad, o incluso un par de voces más altas a favor o en contra de la obra. Era octubre del 2005...