Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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ME ACOSABAN tres adolescentes. Solían seguirme desde el colegio de San Ignacio, donde yo estudiaba segundo de bachiller -tenía once años- y ellos tercero. Abusones, mozos de la calle, vieron en mí, púber pacífico, una buena víctima para apabullarme. Salían de una esquina, corrían tras de mí, me lanzaban a voces muy severos insultos. Y trataban de pegarme. Pero yo andaba muy precavido, y me escapé casi siempre, alguna vez amparado en algún pariente providencial que pasaba por allí; en algún amigo de mis padres. Luego aquella inquina se disipó: tal vez los cafres eligieron a otra víctima. Pero yo no me olvidé de aquel comportamiento suyo. Y me quedó hacia el líder de los tres desalmados una antipatía muy honda. Años después, deje de ver a aquel adolescente insidioso, aunque algo supe de su vida. Parece que no llegó a gran cosa, tal como suele suceder entre acosadores e inciviles, aunque no siempre, desde luego. Estos lances sucedieron en La Puebla de Ponferrada, entre el colegio y la plaza de Fernando Miranda. Y no eran cosas de niños, no. Nada tenían que ver con los enfados y las luchas de los parques y los patios. Eran un ejercicio deliberado de humillación. Tengo leído que muchos adolescentes que acosan a sus compañeros lo hacen porque éstos o son más guapos, o más estudiosos o, porque visten con ropa más cara y cuidan más su aspecto. La barbarie a menudo odia al que es diferente, al que se cultiva, al que destaca. Y mucha gente sólo puede expresarse a través de la destrucción. Lo vemos en ese delirio de lamentables grafitis que inundan Occidente todo. Quien no tiene futuro, destruye el de los demás. O lo intenta. O trata de fastidiarle. De trocar su envidia por violencia. Porque muchas veces el acosador es un derrotado que quiere que pierdan todos. Por eso no cabe ser clemente. Desde luego, yo no soy de los que igualan a víctimas y verdugos, esa miseria mental, seudo-progre. A mí me parecería bien que expulsaran de los colegios a quienes acosan, si no piden perdón a sus víctimas. Si no reparan el daño causado. Y, por supuesto, no creo en la educación sin disciplina. No creo en un sistema donde los profesores carezcan de autoridad. Un sistema en el que muchos padres culpabilizan sistemáticamente a los profesionales de la docencia. Muchos padres que olvidan que la escuela está para instruir, y que es la familia, fundamentalmente, la que tiene que educar. Pero viendo «reality shows» o fútbol sin tasa, no se puede educar a los hijos. No queda tiempo.

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