El estigma
DICE el delegado de la Junta en León y dice bien, que no se debe estigmatizar a las niñas que agredieron a una compañera de estudios en una calle de Ponferrada. Lo dice después de, lamentablemente, haber estigmatizado a las niñas calificando el hecho como «una salvajada», sin previo expediente. No conozco a las personas implicadas en el suceso, supongo que lo están pasando mal y pienso que sólo la justicia puede y debe calificar los hechos. No hace falta que el castigo sea ejemplar o severo, como se viene repitiendo, basta con que sea justo y equitativo, pues como enseña Aristóteles, justicia y equidad son la misma cosa. Comparto el criterio de los portavoces de los sindicatos de enseñanza, no debemos cargar las tintas sobre el centro docente, de limpia y ejemplar trayectoria desde los ya lejanos tiempos de «La Sindical», sin olvidar que «vivimos en una sociedad de la que estas chicas seguramente han aprendido comportamientos que no son los adecuados». Tampoco es justo calificar de violentos a los adolescentes y jóvenes en general que, según revelan encuestas diversas, acogen con respeto y cariño a sus compañeros inmigrantes en las aulas, podían hacer lo mismo algunos centros concertados. A los nostálgicos que insisten en que esas cosas no pasaban antes, les recordaré que en mi adolescencia para circular por otro barrio del pueblín había que hacerlo avalado por algún nativo y que las batallas a pedrada limpia, tirando a dar, entre los de la Encina y los de la Puebla, estaban a la orden del día en tiempos de violencia estructural, no haría falta recordarlo, nacida de una contienda fratricida, que para colmo derivó en Cruzada, bien es cierto que entonces la violencia la ejercían normalmente los de arriba mientras la gente menuda se desahogaba en el recreo, o en la calle enviscando a los perros o destrozando nidos, después de practicar declamación con el texto xenófobo del «oigo Patria»: «Y cuando en hispana tierra/pasos extraños se oyeron/hasta las tumbas se abrieron/gritando venganza y guerra». En cuanto al suceso del que tanto se habla y escribe, conviene señalar que se trata de un asunto civil, no penal, dadas la edades de las menores implicadas, cuyas derivaciones económicas determinará la justicia llegado el caso, aunque las heridas físicas y morales, empezando por las que sufre la niña lesionada, especialmente las heridas del alma que duelen más, es deseable que cierren y cicatricen lo antes posible, para bien de todos.