Anaïs Nin
ANAÏS Nin, desconocida y/o silenciada en el mundillo literario, era de origen español, catalana, hija del compositor Joaquín Nin, aunque fuera una catalana universal, abierta al mundo, entregada en cuerpo y alma a los deseos, que mueven el mundo. No como esas nacionalistas «atorzonadas», «estatutizadas», que sólo piensan en lamerse el clítoris, acaso creyendo que no hay nadie mejor que ellas y su entorno. Algo que está de moda en los círculos «culturales», y aun en los círculos de la cuadratura política. Llegué a Anaïs a través de la literatura de Henry Miller. Aparte de sus libros, hay una película, «Henry y June», cuyo director es Philip Kaufman, que recomiendo a aquellos lectores dispuestos a familiarizarse con estos dos seres, colosos del siglo XX. Me apetece acercarme a ella porque es una de mis escritoras preferidas. Escribió mucho y bien, y sobre todo cultivó el diario, que algunos críticos consideran que ni siquiera es literatura, pero que en sus manos se convirtió en oro. Una forma de estrenarse escribiendo, además de crónicas de actualidad o artículos periodísticos, es escribir un diario. Aunque escribir un diario parezca ñoño, una cosa de adolescentes, también puede resultar revelador para los lectores, y sobre todo para quien tiene las ganas de escribirlo. Depende de quien lo haga. «El Cuaderno gris» del maestro Plá es un ejemplo sorprendente y extraordinario. Y no digamos «El oficio de vivir» de Cesare Pavese. Casi toda la literatura de Umbral es un gran diario donde proyecta su figura gigantesca. Incluso «Mortal y rosa», su gran novela lírica, está escrita como si fuera un diario. Me encanta la naturalidad y soltura con que escribe Nin. Se entrega con tanta devoción a la literatura, que es como si el lector, en situación privilegiada de voyeur, estuviera viendo y sintiendo cómo ama a la vez a Henry y a June, sus amigos de alma. «Amo a ambos», escribe en las primeras páginas de Incesto: Diario amoroso . «June es mi aventura y mi pasión, pero Henry es mi amor». «Soy la mujer que da ilusión y recibe a cambio la imaginación del hombre. Situación que una puta envidiaría». Anaïs se nos desvela y revela cual heroína del marqués de Sade. «No tengo ninguna moralidad. Sé que la gente se horroriza, pero no yo». Es probable que los puritanos, las feministas, y aun otros, sientan un rechazo visceral por la escritura y figura de Anaïs, aunque algunos se muestren algo revirados. Dedico esta columna a la mujer libre y trabajadora.