Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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AUNQUE sólo sea de vez en cuando conviene desenterrar los huesos de la historia, nuestra propia historia, pues no es oro todo lo que reluce en «el Roncesvalles del Bierzo», en el útero de la Sierra de Gistredo, entorno de gran belleza paisajística y lugar donde sucedieron, allá por los años veinte del pasado siglo, cosas espantosas. La historia de Noceda del Bierzo podría escribirse con sangre. Pueblo dividido, aun hoy, en tres barrios, donde perviven cual fantasmas ideologías enfrentadas y muchas rencillas entre paisanos y vecinos. Pueblo marcado por la guerra incivil, las tragedias rurales al más puro estilo lorquiano, los maquis y cierto tufo caciquil y hasta inquisitorial. Gracias a nuestro estimado Venancio Álvarez de Paz, que escribió un artículo en La Curuja a propósito de los incendios de Noceda, donde se reproducían textos periodísticos de la época, he logrado recopilar información al respecto y poner en orden algunas ideas. Luego de leer «La niebla de Noceda», artículo perteneciente al periódico La Libertad y firmado por un tal Pérez Camarero, se me estremeció el alma. Nos habla este redactor de un pueblo fatídico, de un trágico y célebre valle del Bierzo, de un camino macabro, angosto y peligroso, de unos personajillos que de seguro están en el subconsciente popular, y de una niebla que la incultura pone en los cerebros y en los corazones. El asunto es que en la década de los veinte se produjeron varios incendios con la consiguiente quema de casas y corrales. Salieron acusados algunos incautos que fueron injustamente torturados por las autoridades locales del momento, que entonces gustaban de ejercer su labor cual si fueran inquisidores. Cuenta otro redactor, Gabriel Alomar, en su artículo «La alegoría de Noceda», que «es preciso acudir al recuerdo de las antiguas persecuciones contra la brujería para encontrar parecidos horrores». Como les ocurriera a Antonio Crespo y a su hija Elvira. A Elvira, como si de una Juana de Arco nocedense se tratara, le arrancaron el pelo, la colgaron por los pies cabeza abajo, desnuda, en el balcón del Ayuntamiento, y luego la arrastraron por las fangosas calles del pueblo. Sólo faltó que la chamuscaran en la hoguera comunal, como pretendieron hacerle a su padre, a quien le quemaron la cara con un papel ardiendo. Estos son sólo algunos de los horrores que viviera Noceda en sus días de niebla y chamusquina. Ahora que se acercan las elecciones municipales, el ambiente se vuelve a caldear.

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