SILLA BAJA
Académico de número
DON FERNANDO Suárez González, leonés ilustre, acaba de ingresar en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Compartimos 12 años de trabajos en la misma Comisión de los parlamentos español y europeo y otras actividades en diversos países de la Europa comunitaria; ahora imparto clases en la misma disciplina de la que él es catedrático en la Uned y hace muchos años logró él lo que parecía imposible, que el ministerio de la Gobernación me devolviera el pasaporte, no sin antes anunciar que estaba dispuesto ha formular una pregunta pertinente en el Boletín Oficial de las Cortes Españolas. Le hicieron caso, digo yo, porque ya había ganado en aquellas Cortes orgánicas, caso insólito en aquella asamblea, una enmienda a la Ley de Presupuestos con la oposición frontal del gobierno -años más tarde lograría en el Congreso de los Diputados romper la unidad de voto del grupo socialista-. Recuerdo que en todo el arco parlamentario había entonces antiguas alumnos del Colegio Diego de Cavarrubias desde cuya dirección Fernando había sabido impulsar el pluralismo intelectual que ayuda a distinguir entre enemigo y adversario político. Fernando Suárez es un heterodoxo crónico que puso siempre por delante el dictamen de su conciencia frente a la disciplina partidaria, un luchador contra la falta de democracia interna en los partidos, valor ético que llevaría al ostracismo a uno de los más brillantes parlamentarios que he conocido. Por eso en el discurso de bienvenida, otro antiguo colega en las tareas parlamentarias, Miguel Herrero de Miñón, dijo que «siempre que se acercó al poder le rehuyó o le agredió» y él mismo ha dicho que su paso por el PP se parece a la vida de aquel cartujo que sólo podía protestar con dos palabras cada cuatro años. La última vez fueron estas: «Me voy», a lo que respondió el prior: «no me extraña, se ha pasado la vida protestando»¿ Un hombre de vuelo libre que en su discurso de ingreso, sobre el derecho de huelga como una cuestión moral y política califica de memorable la tarea de Largo Caballero como ministro de trabajo en la II República, dando el paso de la huelga como libertad a la huelga como derecho, la aprobación de la ley de contrato de trabajo y otras prudentes disposiciones. Se que para él es un regalo añadido ocupar el sillón que deja vacante otro ilustre laboralista, el profesor Alonso Olea, doctor honoris causa por la Universidad de León. Enhorabuena.