En el ombligo de la Luna
COMO Valle-Inclán, que estaba fascinado con México, uno también viajó a este país porque se escribe con equis, esa letra exótica y sensual (o sexual) que nos hace tener pulsiones ensoñadoras. Tras esa equis se esconde todo un mundo: el ombligo de la luna, que decían los aztecas. México es una palabra que proviene del náhuatl y cuyo significado en español deriva de los vocablos meztli, que significa ombligo, kalli, luna y co, lugar. Poético nombre para un país, que es a su vez una gran ciudad, México, Distrito Federal, acaso la ciudad más grande del mundo, y sin duda una de las más contaminadas del orbe, construida en zona lacustre, sobre el lago de Texcoco. Aún hoy se conserva Xochimilco. Y de ahí que algunas partes de la ciudad, sin ir más lejos el Zócalo, estén sufriendo hundimientos. Si a ello sumamos que la capital está asentada en zona sísmica, el panorama se me hace desolador. México atrae mucho al personal, entre otros a artistas varios, y en su día acogió a un buen número de españolitos, que buscaban su América, y muchos otros huidos del régimen fascista. A los surrealistas les entusiasmaba, quizá porque es un sitio surrealista, donde todo es posible. Desde Artaud a Buñuel, sin olvidar a Breton, varios han sido los que encontraron inspiración en este país de contrastes, que te puede ofrecer su mejor y peor rostro. Viví en México lindo y querido, excitante y chingado, durante dos años, de 1994 a 1995, una época en la que gobernaba un corrupto y macabro llamado Salinas de Gortari, que desvalijó este país cuya riqueza nunca se agota. Dos años en este país fueron suficientes para quedar marcado de por vida. Tanto es así que al día de hoy sigo teniendo la impresión de haber vivido más durante estos dos años allí que el resto de mi vida, la anterior a esta época, y la posterior también, lo cual no deja de ser una impresión subjetiva. Los músicos de Maná, con su rock amoroso, me devolverán a México, donde viví situaciones insólitas, conocí a gente extraordinaria, y descubrí un mundo fascinante, un roce casi continuo con la muerte, lo que estimula aún más la vida, una realidad en ocasiones bestial. En este país uno aprende que la vida no vale nada, y que pueden hacerte desaparecer como al leonés López Rubín. Lo mejor es aprovechar cada instante como si fuera el último. Uno vive a toda prisa, y como gachupín quise probar y saborear casi todo, sus esencias al completo. Se vive más (no necesariamente mejor) en un año o dos en este país que cien años en el Bierzo