Magel
MAGEL podría ser el nombre de una damisela emperifollada, o una de esas mujeres fatales del cine negro, y aun de la negra vida, que a uno lo vuelven loco, luego de llevarlo al ruedo o al catre. Magel no es ninguna mujer, como sabe o debería saber cualquier ponferradino, sino un disco-pub, cafetería incluida, uno de esos garitos que llama la atención por su estética y sus neones rojos y verdes de la entrada. Siempre que paso por la calle Ancha me fijo en sus entradas, sobre todo en la entrada del disco-pub. Es una fijación que no logro sacarme de la cabeza. Sin embargo, no tengo por costumbre entrar en este bar, cafetería o pub, tal vez porque prefiero quedarme con la idea o recuerdo antes que con la realidad misma. A menudo uno se enamora de una idea o de una mujer ideal, por ejemplo de Scarlett Johansson o Nastassja Kinski, y cuando logra al fin estar con ella, poseerla, se esfuma el amor. Como ocurre, por ejemplo, en la película «No amarás» de Kieslowski. Y como ocurre en la realidad misma, claro está. Recuerdo haber estado en dos ocasiones en el Magel, y una de esas veces pudo haber sido en compañía de Gil Parrondo, genial director artístico y premio Oscar, a quien nunca olvidaré. Puede que ni siquiera estuviera con el señor Parrondo en este pub, o sí, los recuerdos a veces se mezclan, se solapan. En cualquier caso, a Gil Parrondo le entusiasmó este café, cuya estética me recuerda a uno de esos locales de La Habana Vieja de principios del siglo XX, véase El Floridita, del que era cliente habitual Hemingway, una belleza cuyo romanticismo de colores chillones nos traslada a un mundo familiar y a la vez distante y decadente, cual si estuviéramos en un decorado de una película de Almodóvar, nuestro Fassbinder manchego, o en una de Visconti perteneciente a su etapa de caídas, muertes y decadencias. Lo que resulta sorprendente de esta cafetería, además de su decoración, es la elegancia y porte de sus camareros, que por lo demás nos hacen pensar en los que trabajan en los madrileños locales del Café Gijón, el Chicote o La Mallorquina, que está en Sol. Un nivelazo para un bar donde no parece haber mucha clientela, aunque esta es mi impresión y no tiene por qué corresponderse con la realidad. En la década de los ochenta este disco-pub debió de ser el no va más, un sitio afamado, al que iban los burgueses y otros distinguidos bercianos. En cambio, ahora parece un sitio vacío, pero se mantiene en pie, y eso nos alegra. De todas formas, sabemos que las modas siempre serán pasajeras. Y Magel no es una moda.