Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EL DILUVIO asoló en la madrugada del viernes la provincia de Castellón. Pero la mañana salió limpia y potable, y eso que por Alicante se inundaba todo. Se podía ir al mar y fui a las doce. Llevé el último libro de Antonio Pereira: «La divisa en la torre». El título me pareció raro, pero el cuento de ese nombre, el primero de la colección, es perfecto y lleno de luces atlánticas. Luego vienen otros textos autobiográficos, muchos. Antonio Pereira no ha escrito un volumen de memorias, pero ha ideado un modo muy eficaz y sabroso de contar sus vivencias más perdurables, también las más públicas. Y con ellas ha armado un libro que el lector acaba queriendo mucho, como si fuera su casa. El lector norteño, sin duda, pero también otros lectores. Particularmente, los que nunca leyeron a Pereira: ahí tienen un camino idóneo para conocerle. Leí este libro leve y profundo a la vez. Libro de hombre que sabe escribir muy bien; que hace mucho que sabe. Pero que ahora lo hace de un modo aún más transparente, más aéreo. Antonio Pereira es un maestro de la sutileza y en los últimos años ha publicado varios libros memorables. Este último entronca con los «Cuentos de la Cábila», pero aquí el escenario es el mundo todo; lo mismo Rio de Janeiro que Helsinki; Buenos Aires que Villafranca del Bierzo. Pereira observa pájaros que son personas; lanza luces y sonríe. Se nota que es feliz al construir cada relato. Y aunque no tuvo suerte en el mercado editorial, y ahora la tiene -tan justa-, se nota que no le importa lo de ahora ni que tampoco le importó mucho lo de antes. Porque Pereira estuvo siempre y está en la verdad, en la alegría. Y sabe que solo se puede escribir con alegría. Solo. Así nacen sus historias breves, espléndidas, en un país donde la novela tiraniza, y tantas veces acaba aburriendo. Dieron las tres. Dejé el mar, volví a casa, comí envuelto en las palabras de Pereira, en tantas personas y hechos que pasan por su gavilla. Luego, bajo el sol más frío de la tarde, seguí en la arena con sus páginas; yo solo en la playa de les Platgetes de Bellver, donde casi vivo desde hace un cuarto de siglo. Y sentí como las palabras de Pereira van girando de la memoria hacia la pura ficción, cada vez más, aunque regresan de nuevo al rumor autobiográfico. Pereira, como bien dice él al comienzo del libro, es siempre un contador de cuentos, también cuando narra su vida. Invención y realidad se mezclan para que todo sea bello, misterioso, y con un color diferente, que también es color Úrsula. Literatura es mirar, y Pereira mira al decantado estilo de Pereira. Y a mí me gusta mucho ese mirar.

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