La tala II
CUANDO el Ayuntamiento de Ponferrada decidió convertir La Llanana de Santo Tomás de las Ollas en polígono industrial para un par empresas beneficiarias de cuantiosos recursos e infraestructuras públicas -el espacio físico tampoco da para más- se inició el deterioro de la calidad de vida de muchos vecinos de la parte alta y la fluidez de los accesos por el Este, a la par que se esfumaban los recursos ambientales en aquel lugar encantado donde jugaban las ardillas, un pulmón verde a escasos minutos de Lazúrtegui, ideal para albergar un ambicioso proyecto comunitario relacionado con el ecoturismo, el ocio y la industria hotelera. Polígonos industriales pueden pensarse en muchos sitios, llenarlos tampoco es facil, pero un ecosistema destruido no tiene remedio. Cuando los fondos Miner inicialmente destinados al saneamiento de los ríos del Bierzo Alto fueron desviados hacia la destrucción del ecosistema de ribera en la llamada «ordenacion de las riberas del Sil en Ponferrada» recordábamos que las grajas coloniales trasladon su hábitat a las carrerteras cercanas, que desaparació de allí el pájaro moscón polígamo que colgaba sus nidos junto al agua y que algunos picos vedenales se refugiraron en el vecino parque de la Concordia, al amparo de la alameda soñada y promovida por el alcalde López Gavela, que mandó plantar catorce mil árboles en la ciudad. Cinco mil plantados en aquel entorno llamado «polígono de las huertas» están siendo podados estos días, de forma drástica e inmisericorde, en pleno verdor las hojas salutíferas. Aquella alameda era un símbolo de respeto al silencio, a la meditación y a la concordia entre la naturaleza y los humanos. Encerraba también una cierta carga ideológica no del agrado de algunos, me refiero al nombre pensado por Celso para aquel espacio urbano cuyos diseñadores se inspiraron en la profecía de Salvador Allende (cito de memoria) : «Más pronto que tarde los hombres libres caminarán por las altas alamedas». Los álamos de la Concordia han sido arrancados en su totalidad, son noctrurnidad y alevosía. Eso que técnicamente puede ser delito contra el medio natural, sería además pecado en Soria donde la tala de árboles figura o figuraba entre los pecados reservados al ordinario del lugar. En Ponferrada esto no es noticia de interés local siquiera. Desparecidos el movimiento vecinal, los grupos «ecologistas» y la oposición, el único despertador colecivo que funciona está en el Toralín. De los premios Aenor y otras distinciones públicas mejor no hablar. No son evaluadores, son colegas.