Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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UNO NACE en el Bierzo, pero eso no es nacer al Bierzo. Nacer al Bierzo viene mucho después, y cada uno lo vive de un modo diferente. Nacer al Bierzo es un acto individual, solitario; una pequeña revelación. Una verdad que no busca certezas, ni lo colectivo, ni lo público. Nacer el Bierzo, y quiero decirlo sin sentimentalismo, sucede cuando uno se da cuenta, en lo más profundo, de que su tierra es ésta. Ni mejor ni peor que otras, pero es esta. Ahora bien, esa toma de conciencia, que está más allá del mero referente geográfico o histórico, es más difícil articularla si uno no cuenta con ayudas. Las de otras personas que le han precedido en ese descubrimiento; en esa vivencia, en ese compromiso. Personal. También uno nace al amor a solas; uno se enamora en solitario. Uno nace al Bierzo a solas, y al mundo, y a la muerte. Mi nacer al Bierzo vino de la mano de mis padres, claro, ése es el origen de todo. Pero eso no bastaba. Debía ser completado con otras perspectivas. Y lo hicieron otras personas que también amaban al Bierzo; que lo habían integrado en su corazón, en su intelecto. Recuerdo bien quienes me fueron descubriendo lo que era el Bierzo. Su mito, su verdad. Fueron personas variopintas, y sin que ellas lo supieran, claro. Una de ellas fue don Augusto Quintana Prieto, aquel historiador fantasioso. O Amalio Fernández, que supo contar con sus fotos cómo era su eterna fascinación por el valle del Oza. O Paco González, «El Inglés», que iba en su motocicleta a descubrir ruinas y palabras. Yo sabía de esa gente; sabía de su pasión por el Bierzo. Y sentía que ellos supieron convertir el Bierzo en una aventura. De todos los bercianos, ninguno me llevó más lejos que Ramón Carnicer. Y no me refiero a cuando lo traté y fui amigo suyo, gran honor para mí, sino de cuando supe de él, estando yo en la pubertad. Cuando le escuché por la radio, en 1964 o 1965. Fue la primera vez que conocí su hablar ordenado, transparente y divertido. Cosmopolita y con acento de Villafranca. Aquella voz valiente en tiempos de la triste dictadura. Tampoco olvido que Ramón llegó a los bercianos gracias a Ignacio Fidalgo, periodista entonces de la emisora, y gran amante y conocedor del Bierzo. Uno siempre es de la tierra donde nació. Y el no vivir en ella la recubre de un calor misterioso, donde todo es posible. Donde nada termina. Donde los días de hace treinta años están ahora tan vivos como entonces. Y envueltos en una pátina de humor y de compasión. En ese Bierzo íntimo, reinventado cada día, comienza la primavera. Y florece el recuerdo de Ramón, de su camino.

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