LA HUELLA
Boina y mono azul
EL TIEMPO huye, y a veces se oxida como una vieja Krauss en vía muerta, o se agazapa entre recuerdos tiznados de carbón de aquélla Ponferrada realmente negrísima, de cuando no existía estación de autobuses y las despedidas y reencuentros sucedían en la calle, ahí, frente al actual Museo del Ferrocarril, que he evitado desde que se inauguró en 1999. Mayo con sus cruces, sus flores, sus ferias, resultó traidor hace veinticuatro años, cuando él, que sólo tenía cincuenta y dos, aún descargaba vagones de carbón con su pala de mano, ahí, cerca del Museo del Ferrocarril, en los viejos terrenos de la MSP. Nunca dejó de usar su boina negra de pequeño labrador y su mono azul de obrero, como tantos bercianos que se incorporaron a la industrialización sin dejar de trabajar sus campos. Hoy es la Fiesta del Trabajo. En el Museo está el vagón, esa vieja caja metálica de transporte mineral, la más negra de todas, con las letras MSP, grandes y blancas. Ese vagón es una espina en mi memoria. Él ya no está por allí, ni en el bar El minero, ni en el bar El túnel, que ya no existen tampoco. Yo ya no llego corriendo al instituto porque la barrera en Cuatrovientos está bajada para que pase el Ponferrada-Villablino, y se ha hecho tarde. Hasta 1980, circuló con viajeros. Hasta 1990, con mercancías. Tampoco estoy despidiéndome desde el autobús que me llevaba a la universidad, en Madrid, sin saber que ahí, en su territorio, le estaba diciendo adiós para siempre. En el Museo, la ventanilla de despachar billetes es la misma. En esa pared, hay expuesta una placa antigua que dice: «Hablad bien, la ley prohíbe la blasfemia». Un documental grabado por TVE, en 1978, capta mi atención. Son los trabajadores del Ponferrada-Villablino, los viajeros, las locomotoras de vapor. Un documento extraordinario, y aunque está muy mal de sonido, alcanzo a oír el familiar y ya antiguo silbido de las viejas locomotoras, el habla de aquéllos señores con boina y mono azul, el mundo proletario que unas décadas antes era el protagonista de los entierros de tercera, sin acceso a la cultura, pero que entonces, en la época de la transición, alcanzó a ver como alguno de sus hijos llegaba a la universidad, a menudo con enorme esfuerzo personal, y ni siquiera muchas veces para ser más ricos que ellos, sino que, en algún caso, para haber aprendido, solamente, a hacer el amor con el lenguaje, a ir más allá de la carne de las palabras, diciendo cosas como que el tiempo se oxida como una vieja Krauss en vía muerta.