Barrio de la Estación
CONOCÍ LA ZONA cuando no había barrio y sí estación. Solo campo al otro lado de la plaza ferroviaria. Había, sí, al fondo, hacia la zona del Bosque, unas casas. Pocas, aisladas, de fama feliz. Y al fondo el río, peligroso, remoto. Y el Pajariel, y no sé si un sendero. Y las alambradas que protegían la casa del Belga, cuando no era parque. Me gustaba ese descampado, tan próximo. Ese borde de ciudad y verde. Mi madre nos llevaba ahí, siendo niños. La alternativa era el campo de la Minero, más habitual, pero la estación tenía otro encanto. Entonces había pocos coches, más que nada taxis, y en aquella plaza rectangular que hoy poco dice, hubo alegrías, charlas y meriendas. Mujeres de hombres principales de la pequeña ciudad la adoptaron como espacio propio. Y al caer la tarde venían esos hombres de corbata y tomaban un refresco en el café de la estación, que tenía sillas y mesas al aire libre. Surgió después el barrio, que creció de repente. En cinco o seis años lo que no era nada, se convirtió en un trozo de urbe. Con sus talleres y negocios, y con el Club de Tenis al fondo, cerrando la calle. Yo no sé si ese club ahora languidece, como me da la impresión, pero en tiempos fue el gran centro social de la Puebla, y tenían allí mucha voz los médicos triunfadores, los ferreteros de postín, los asesores y dentistas. Club de Tenis: aquellas mujeres en minifalda mediados los sesenta, antes del mayo francés. Y los bikinis púdicos del norte. Porque Ponferrada, claro, no era Benidorm. Barrio de la Estación: tuvo un pasar modesto por las décadas. Y el tren hizo más barrera con él que con Flores del Sil. Fue recodo, remanso, lugar de poco protagonismo. A mí lo que más me gustaba de él era el extraño Jeep, largo y estrecho, que iba hasta Oencia. Y que partía de un bar de la zona. Aquel vehículo insólito -un tronco con ruedas- tenía que cruzar muchos mundos y valles antes de llegar, donde casi nadie ha estado. Y de la que sabemos algo por las excentricidades de un alcalde megalómano, esa figura tan habitual en el noroeste interior. El barrio inaugura rotonda, luz, prestigio. Y una fuente que juega a ser locomotora de agua. Es un barrio de tantos, pero guarda un tesoro grande: la mirada de los miles de bercianos que subieron o bajaron en sus andenes. Los trenes de hace mucho y de hace poco. Las locomotoras verdes eléctricas, británicas, descomunales, que emocionaban a los niños. Los sueños de los estudiantes. El dolor de todos. Y la alegría. Sobre ruedas.