Erratas
EN MI COLUMNA anterior, en la que daba cuenta de la inauguración del flamante Museo Arqueológico de Cacabelos, las erratas hicieron de las suyas. Esas «malditas roedoras» se divirtieron de lo lindo, alte-rando el significado del texto. Donde más estragos causaron fue en las frases que iban entre guiones, pues a estos los transformaron, por arte de birlibirloque, en signos de interrogación; de manera que lo que un servidor aclaraba o precisaba, en tono enunciativo afirmativo, ellas lo convirtieron en preguntas, en tono interrogativo directo. El lector, me consta, acababa la lectura un tanto perplejo, sin saber si allí se decía o se contradecía. Lástima. Hay quien considera las erratas como una especie de duendecillos traviesos y un pelín -sólo un pelín- malvados, que se dedican a pasárselo bomba desgraciando los escritos. Pero nada más. Algunos o algunas incluso les ríen la gracia, y sonríen cariñosamente mientras las corrigen. Yo, sin embargo, no soy tan tolerante. A mí, ellas no me las dan. Porque las conozco bien: sé que las erratas son perversas y malévolas, sibilinas y traidoras, astutas y escurridizas como los ofidios. El origen de la errata moderna, tal y como la conocemos hoy en día, es probable que haya que buscarlo en los scriptoria de los monasterios medievales. Incluso entre los famosos grafitos de la iglesia de Santiago de Peñalba, también aparecen erratas, según cuentan los especialistas que han recuperado y estudiado estas cu-riosas y valiosas inscripciones. Y qué les voy a contar de los viejos códices, tumbos, libros de horas¿ Pregunten, pregunten a los historiadores y ya oirán lo que les dicen al respecto. Sin embargo, la errata adquiere una inusitada notoriedad a partir de la imprenta y la tipografía. Aunque parezca increíble, está demostrado que los avances tecnológicos, en materia de escritura, favorecen la proliferación de las erratas, puesto que hoy en día estas «alimañas» pueden tomar apariencias bien grotescas y estrafalarias. Ni las máquinas de escribir, ni los ordenadores, con sus sofisticados procesadores de textos, han podido acabar con ellas o, cuando menos, restringirlas. Pero las erratas no afectan sólo al ámbito de la escritura. También abundan en otras facetas de la vida. La política urbanística de Ponferrada, por ejemplo, también está plagada de erratas. Mira que se esmera el equipo de gobierno en planear y desarrollar fabulosos proyectos urbanísticos, en ese impecable scriptorium llamado Pongesur, pero no dejan de aparecer montones de erratas que hay quien confunde, malévolamente, con sentencias judiciales.