LA HUELLA
Las muertes anunciadas
EL VERANO fue siempre una estación pobre en noticias. Aquí, en esta comarca, todo eran fiestas en los pueblos. Pero estos últimos días las noticias abundan en muertes, aquí, en el resto de España, y en el mundo. Y es como una guerra invisible en la que, como siempre, siguen cayendo los más inocentes. Incluso la muerte es noticia en inocentes que murieron hace más de 70 años, como ese niño de tres años y su madre embarazada cuyos restos han sido rescatados en el suelo de una vivienda en Flores del Sil. ¿Y los niños y la mujer murcianos que murieron hace unos días en Yecla a manos de su padre y marido? ¿Qué angustia late en el pecho de un hombre "normal" para llevarle a una locura así? ¿Cuántos más pueden estar yendo a la deriva, a la destrucción, sin encontrar un asidero que les haga digerible la realidad que viven, sin que nadie se dé cuenta de que necesitan ayuda? Hay muertes imprevisibles, como la del hombre que muere en Ponferrada mientras duerme, acuchillado por su hija demente. Pero, ¿y las muertes anunciadas? En las costas de África, muchos aprovechan las mejores condiciones climatológicas del verano para repetir con más insistencia ese viaje desde África hacia Europa huyendo del hambre. ¿Tanto nos cuesta entender que se jueguen la vida en ese viaje? En África la muerte está anunciada, y esos hombres y mujeres con rostro, aunque no sé si con alma, los del G-8, los que mandan en los países más ricos del planeta, aceptan sentarse a la mesa del ya famoso menú de 19 platos mientras se anuncia que en los próximos meses morirán 150.000 niños de hambre. No dan solución a la crisis alimentaria; ellos no tienen hambre. La realidad es a veces la dimensión de la injusticia. En África la pobreza ha ido creciendo con esa sequía pertinaz que deja la tierra sin vida. Donde no hay agua no crece nada. Los que podrían ayudar no lo hacen, y ahora la crisis alimentaria, en la que hay tanta especulación, golpea duramente a los que casi no tenían para comer más que unos puñados de cereal. Hay tantísimos niños allí sin hogar, miles y miles en la Etiopía diezmada por el sida que deambulan por una tierra seca, sin esperanza. ¿Tanto nos cuesta entender que los que sobreviven se jueguen la vida en ese viaje hacia Europa? ¿Quién les da otra esperanza? ¿Quién les ayuda a construir allí otra realidad? Los países ricos se sientan a la mesa de la opulencia mientras se anuncia todos los miles y miles de niños que morirán de hambre.