Diario de León
Publicado por
MANUEL CUENYA
León

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ELLA sola la espichó, y nadie sabe quién la calzó, porque todos parecen dispuestos a echar las cabras pal monte, o bien meternos el cabrerío en casa. Todo cristo intenta arrojar balones fuera de la cancha, diciendo que ninguna traba se puede poner a que nos enchufen palas eólicas en Gistredo, y en tantos otros cordales montañosos del Bierzo, ni se puedan paralizar canteras y cementeras contaminantes. Sin embargo, se tacha de demagógicas las alegaciones presentadas por asociaciones ecologistas, que sólo quieren un entorno sin artificios. Ni ayuntamientos ni Juntas ni dios que lo fundó es capaz de detener estos atentados contra la madre naturaleza. ¿Qué opinión nos ofrecen el Consejo Comarcal y la Ciuden? ¿Cómo van a compatibilizar turismo rural y energía? ¿De esta manera atroz? Gistredo debería ser espacio protegido, reserva natural, para que a ningún caza-subvenciones le diera por proyectar barbaries. Qué le expliquen a los municipios quién saldrá beneficiado de estos cacaos maravillaos, qué percibirá un ciudadano de a pie, tantas explicaciones, que no pueden convencer a nadie que ame la naturaleza, pero cuando los empresarines sólo piensan en su guita y bienestar personal, y además carecen de sensibilidad para lo bueno-bello, algo que corresponde al mundo excelso de los poetas, cuando el paisanaje se deja untar de mieles, qué podemos esperar, si a casi nadie le importa donde vivimos, sino el mundo no estaría hecho una basura, y la gente no moriría de hambre, a causa de tantas guerras y muros de muerte. Uno se vuelve nihilista, y a veces estoico ante esta vida, que por momentos nos deja fuera de juego, porque aunque hay gente sublime, la especie humana, como tal, parece involucionada, listina en su apariencia pero retrasada en el fondo, con los respetos que se merecen los retrasados, que no sé si no viven mejor que el resto, porque el saber produce un inmenso dolor, y uno preferiría ignorar la realidad, vivir en un mundo feliz, tomando soma bajo un castaño milenario, apartado de cualquier desfachatez, cerca de la ternura y la belleza, que nos alegran y nos ayudan a sobrevivir en este mundo putrefacto. Es necesario sincerarse con los demás y sobre todo con uno mismo, porque el autoengaño, aunque ayuda a soportar la existencia, no deja de ser lo que es, y uno no quiere engañarse, sólo alcanzar espiritualidad a través de la amistad y el afecto que se desprende de seres especiales. Qué ocurrirá "cuando nadie sea ya nadie en la dentadura fósil del universo". Preservemos, al menos, la pureza de nuestro paisaje.

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